No todo es para siempre
Con el terremoto del pasado 10 de agosto he estado pensando en algo que, aunque parece evidente, muchas veces olvidamos: no todo es para siempre. Vivimos como si aquello que tenemos estuviera garantizado, como si la casa, el trabajo, el dinero, la familia, la salud, el negocio o incluso las personas que nos acompañan fueran cosas que nos pertenecen por derecho y que, de alguna manera, la vida nos tuviera que conservar indefinidamente. Creemos que nos corresponde, que nos lo deben o simplemente que nos toca. Hasta que ocurre algo que, en cuestión de segundos, nos recuerda que nada está asegurado.
El terremoto lamentablemente dejó familias enteras destruidas, algunas perdieron seres queridos, otras quedaron literalmente a medias y muchas de las que lograron salvar la vida lo perdieron todo. Lo que durante años construyeron, compraron, cuidaron y consideraron permanente desapareció en dos minutos en los que la tierra literalmente se estremecía. Y mientras algunos todavía intentan entender cómo comenzar de nuevo, otros seguimos preocupados por aquello que creemos que nos hace falta.
Es precisamente en momentos como estos cuando cobra sentido el estoicismo, esa corriente filosófica que nos invita a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no. No podemos controlar cuándo tiembla la tierra, cuánto dura una tragedia, qué vamos a perder mañana o qué circunstancias nos va a poner la vida........
