El "hodio" de Sánchez
Pedro Sánchez comparece en el Congreso de los Diputados. / José Luis Roca / EPC
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quiere medir el odio. Crear una herramienta, un observatorio, un sistema capaz de detectar discursos que generen odio en la sociedad. ¿Y eso cómo se hace? ¿Dónde está la palanca que mida el nivel? ¿Dónde deja de ser crítica para convertirse en odio? La idea no deja de ser una paradoja porque cuando el poder quiere medir esa emoción persistente, profunda e intensa de aversión, repulsa o antipatía hacia alguien o algo, conviene preguntarse quién lo ha alimentado.
La herramienta puede tener trayectoria de boomerang. Da la sensación de que el presidente del Gobierno quiere así calificar de odio cualquier crítica que ponga en duda su gestión. Se va a hinchar. Empezando por la ausencia de presupuestos y siguiendo por todo lo demás. En cualquier caso y antes de señalar a los demás, debería comenzar por observar lo que acontece en Moncloa y aledaños. Ha sido la estrategia del propio Gobierno la que ha avivado la tensión política en España durante los últimos años.
Resulta paradójico que quienes han convertido el debate público en una sucesión de bandos, quieran ahora presentarse como los árbitros de la convivencia, del acuerdo y la armonía. ¿Quién va a ser el medidor? Porque, a ver, nadie con dos dedos de frente puede estar a favor del odio, pero, ¿están libres de polvo y paja las personas que decidan qué es y qué no es odio? Imaginemos que Sánchez nombra a Sarah Santaolaya como árbitro.
Esta chica destila odio en todas y cada una de sus palabras. Y luego está su empoderada actitud de superioridad moral sobre todo aquel que no piensa u opina como ella. Para no dejar lugar a dudas cito sus propias palabras: “Yo soy superior moralmente a toda la panda de ungas-ungas y fascistas que hay sueltos… Somos superiores moralmente a esta gente y creo que hay más gente que debería posicionarse en un momento en el que hay un auge de la extrema derecha". ¡Jobar, qué fuerte! En ambas frases he captado altas dosis de odio.
Me aterra esa idea del presidente. Cuando el poder político empieza a clasificar opiniones, señalar discursos y establecer categorías morales desde el Estado, la libertad de expresión deja de ser un derecho para convertirse en una concesión. La historia europea está llena de ejemplos.
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