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Hasta siempre, amigo y maestro

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18.04.2026

"Quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, tan temprano" … ¿A quién quiero engañar? No puedo ser el irrepetible cabrero de Orihuela, soy la pastora de Prado. Y porque nadie como Miguel Hernández canta la pena que nos inunda cuando el amigo, el compañeiro del alma, compañeiro, nos deja.

Se me murió el padre en invierno y entre cirios y torrijas enterré al amigo.

Esto sólo puede significar que me hago revieja. Y no se trata del dicho popular, ese de que a quien a los cuarenta no le duele algo, es que no se cuenta entre los vivos, o bien se dedica a la política. Porque los políticos, a juzgar por el cutis que lucen, están por estrenar.

Se trata de la luctuosa realidad de que un día entras en el cementerio y reconoces allí dentro demasiados nombres de esos que durante tu infancia y loca juventud te cuidaron y protegieron. Es mi caso. Ya tengo más conocidos dentro, que fuera del camposanto.

Duele perder al padre, duele perder al amigo. El padre te lo impone la biología, los principios fundamentales de la genética de Mendel y toda esa pesca de los alelos dominantes y recesivos. Y el roce termina haciendo el cariño. El amigo es esa otra familia que se elige libremente y que también conforma tribu.

El amigo es un milagro de los difíciles, del tipo Lázaro, levántate y anda. El amigo es una jugada magistral del Fatum romano, ese destino ineludible, hijo de la Noche y nieto del Caos primordial, capaz de juntar en un viaje por Israel a dos completos desconocidos, de edad, procedencia y bagaje vital bien diferentes, hasta acabar convirtiéndolos en inseparables.........

© La Opinión de Zamora