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Vivir en WhatsApp

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13.02.2026

Hay relaciones humanas que no se atreven a existir, no porque no sean intensas, sino porque no soportarían el peso del mundo que les rodea. WhatsApp permite amar sin pagar ese precio, es el lugar ideal para ese tipo de vínculos, es un territorio sin suelo en el que no es necesario ser valiente, basta con aparecer y desaparecer como una criatura abisal en un acuario ortopédico.

En WhatsApp todo es posible porque nada se consuma. Cada mensaje parece nuevo, aunque sea el mismo de ayer, y todo está siempre a punto de ‘ser algo’ que casi nunca termina de serlo. Es una antesala emocional. Es el hábitat ideal de los vínculos que no quieren convertirse en vida. No hay cuerpo, y donde no hay un cuerpo, no suele haber consecuencias, aunque exista el temblor de la decepción cuando alguien no responde como deseamos.

En el mundo real hay decisiones inmediatas como elegir a quién besas, a quién hieres o a quién abandonas o le haces la cobra. En WhatsApp todo eso se aplaza. En el mundo real el cuerpo te obligaría a una verdad y tu deseo tendría que atravesar el miedo, o morir. En WhatsApp basta con escribir ‘jijiji’ o con enviar un audio breve o un emoticono simpático y desaparecer quince minutos para volver a entrar después como si no hubiera ocurrido casi nada.

En WhatsApp todo está siempre recién empezado

En WhatsApp hay una dilación elegante y cómoda, mientras que en el mundo real hay más rutina, más días iguales, más cansancio del otro, más pérdida de misterio. Sin embargo, en WhatsApp todo está siempre recién empezado. Cada nuevo mensaje tiene algo de prólogo y eso en el fondo es también actuación, intimidad sin riesgo, sin demasiado compromiso. Por eso sacar al mundo real algunas relaciones humanas que la gente tiene dentro de la aplicación las mataría. Las obligaría a existir de verdad y existir de verdad siempre tiene un precio.

WhatsApp no exige nada, solo pide presencia intermitente, disponibilidad leve, ficción de estar sin estar del todo. Es el lugar perfecto para quienes no quieren perder a nadie, pero tampoco quieren ganarlo todo. Para quienes desean sentirse necesarios sin ser responsables. Hay también relaciones que solo existen en el intervalo entre dos notificaciones, no ocupan espacio, no dejan huella física, no manchan las camisas de carmín, no hay domingos enteros. Son relaciones que viven como peces que no saben que hay un océano fuera del acuario.

WhatsApp es también el lugar adecuado para no decidir nada. Una vez leí que lo único que importa de verdad y merece la pena ser leído de todo cuanto hay escrito en WhatsApp son los mensajes que se borran antes de enviar. En WhatsApp no hay que quedarse, basta con aparecer, estar un poco ‘en línea’, cerrar y volver a abrir unos minutos o unos segundos después, como quien asoma la cabeza por una claraboya para comprobar si alguien sigue ahí, en esa insinuación eterna.

No hay decepción completa, con rostro

WhatsApp es perfecto para todo eso porque no te pide cuentas, pero te da calor, un calor catalítico como el de las estufas. No hay decepción completa, con rostro. No te pregunta qué vas a hacer con tu vida. Ni siquiera requiere coherencia. Es como un amor sin labios. Lo terrible no es que alguien viva ahí dentro. Lo terrible es amar a alguien que vive allí mientras tú estás aquí, en el mundo real. Tú pones el tiempo, el cuerpo, la espera, el temblor verdadero. Y el otro reparte su atención como quien abre y cierra la escotilla para no quedarse nunca dentro del submarino.

Sí, hay personas que aman así porque son claustrofóbicas y necesitan tenerlo todo abierto. Todo en pausa, en esa manera de vivir que no deja huella ni sábanas arrugadas, ni cansancio en las rodillas, ni agujetas en la parte interna de los muslos, una vida que ocurre en un rectángulo de luz. Una manera de estar vivo que obliga a aceptar que el deseo envejece a las doce y media de la noche y a evitar silencios que no se puedan borrar.

Personas que buscan la sensación de ser buscadas

Pero WhatsApp no es el problema. El problema es confundirlo a veces con la existencia. Porque existir de verdad exige perder algo para ganar otra cosa y eso, cuando lo ves claro, empieza a cansar. Y aún así, hay personas que no buscan a otra persona, sino la sensación de ser buscadas y entonces WhatsApp permite comprobar, cada pocos segundos, que alguien piensa en ti, que alguien te espera, que «la vida dura mientras alguien te espera» como dice Carlos Castán en uno de sus cuentos de amor triste, que alguien abre la aplicación porque tú podrías estar al otro lado… Y todo eso llena. Y todo eso alimenta. Incluso puede que te salve.

WhatsApp no pregunta, sirve, posibilita, permite esconder, permite sostener dos intensidades sin integrarlas. Por eso engancha tanto. Porque quien vive en WhatsApp no necesita mover ni una sola pieza real de su existencia. Por eso, a cierta edad, cuando ya no se quiere perder de vista el amor, pero tampoco se quiere empezar de nuevo, WhatsApp se convierte en una patria provisional. El problema no es vivir en ella. El problema es creer que eso puede sustituir de verdad a la vida, aplazarla indefinidamente, como una cita hermosa que no sucederá, no porque no sea posible, sino porque todos somos frágiles ante la verdad.

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