Sábados de azul
Cadetes en la AG / Archivo TLM
Las tardes murcianas del fin de semana se vestían de azul o de blanco, cuando el calor apretaba -sabemos por experiencia que en Murcia la primavera suele ser corta y los veranos muy largos.
El otro día, en el Bando de Huerta, pude ver por televisión a la magnífica banda de música de la Academia General del Aire, lo que me hizo rememorar , con añoranza, otros tiempos de la segunda mitad del pasado siglo XX., en la que bizarros cadetes aspirantes a pilotos del Ejército del Aire daban color a las calles de Murcia de azul, tardes de sábado en las que los futuros aviadores disfrutaban del ocio que ofrecía nuestra ciudad.
Felipe VI al regreso de su primer vuelo en solitario. / Archivo TLM
Descendían en la plaza Circular, en Alfonso X y en Santa Isabel de sus flamantes autocares pintados de gris azulón, marcados con las ‘aspas de San Andrés’, distintivo del entonces Ejército del Aire. Eran galantes y apuestos cadetes aspirantes a oficiales llegados desde la Academia General del Aire desde Santiago de la Ribera a orillas del Mar Menor.
Las mozas casaderas suspiraban ante su llegada, ilusionadas por las mil aventuras narradas por aquellos osados jóvenes, que se atrevían a pilotar una Bücker o un Saeta (Hispano Aviación HA-200 de fabricación nacional). Sus vistosos uniformes, sus entorchados y sus inseparables gafas Ray-Ban despertaron pasiones entre las muchachas de toda una época e incluso enmudecidos celos de los nativos ante aquellos gallardos aspirantes a oficiales provenientes de todos los rincones de España, unidos por el mismo glorioso uniforme.
Juan Carlos I rindiendo honores como gastador. / Archivo TLM
Tempranas tardes de sábado en cafeterías de moda en las que se mezclaban los aromas de Varón Dandy con los de Myrurgia: Dunia, Santos, Paco´s, Hungaria, Dortmund, Hispano, lugares en los que iniciar una amistad más o menos efímera, e incluso idilios duraderos ante un café. Bailes al ritmo de las canciones de Adamo y Serrat en la discoteca ‘Momo’, propiedad del inolvidable José María Galiana, en la que José Reforma, ‘Pito’ para los amigos, bancario metido a barman y viejo legionario conocedor de todo lo castrense, cobraba suculentas propinas por guardar con celo gorras de plato, guantes, Ray-Ban e incluso gabardinas de reglamento a los futuros pilotos. Romances que depararon en mayores e hicieron pasar por el altar a muchas jóvenes murcianas de entonces.
Destacado e ilustre fue el cadete Juan Carlos de Borbón y Borbón, tras su formación inicial en la finca ‘Las Jarillas’. Posteriormente, le sucedería como cadete el hoy rey de España Felipe de Borbón y Grecia.
Fue allá por los finales de los cincuenta. Un tiempo que, al rey emérito, le unió para siempre con cariño inusitado hacia Murcia y todo lo murciano. Unos años de juventud que siempre resultan inolvidables, sobre todo cuando reina la amistad y la camaradería . Aquí les vemos, en las instantáneas del fotógrafo Tomás Lorente, rindiendo honores como gastador y a Felipe VI al regreso de su primer vuelo en solitario. Experiencia que igualmente hoy sigue la Princesa de Asturias.
Don Juan Carlos abrió la brecha de un tiempo nuevo para la monarquía, cuando el futuro estaba por descubrir y todavía no se sabía con certeza quién sería el sucesor de Franco, aunque toda España lo imaginara, tras la formación castrense del que más tarde sería Príncipe de Asturias.
Don Juan Carlos fue agasajado con fiestas que se organizaban en su honor en la finca del Marqués de Rozalejo, en la pedanía marmenorense de Roda. La vida del futuro monarca en aquellos años de formación no fue fácil. Sus estancias en Murcia fueron numerosas, siempre rodeado de nombres ilustres unidos a los ideales monárquicos como lo fueron el sacerdote don Antonio Moreno, o profesores de la Academia General del Aire como don Ernesto Andrés Vázquez, entre otros recordados nombres.
Murcia caló muy hondo en el futuro rey, tanto, que en cierta ocasión envió efusivos saludos al propietario del Mesón ‘Los Cazadores’ en Santiago de la Ribera a través del entonces presidente autonómico Alberto Garre, lugar donde se solazaba el monarca emérito tras sus largas horas de estudio.
Un tiempo en el que las calles de Murcia se teñían de azul y de vida en las tardes de los inolvidables sábados de un tiempo cada vez más lejano.
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Santiago de la Ribera
