La Cuaresma y los primeros viernes de mes
Colas en el besapié del Cristo del rescate, 1963. / Archivo TLM
Las horas se hacían eternas, en aquellos días de segundo y tercero del bachillerato que planificara el ministro Lora-Tamayo. El mero hecho de tener las vacaciones a la vuelta de la esquina provocaba un cóctel de ansiedad, ilusión y nerviosismo ante los exámenes del segundo trimestre y las ansiadas vacaciones de Semana Santa.
Los primeros viernes de Cuaresma significaban un pequeño paréntesis de holganza en las horas lectivas, cuando el fraile invitaba a sus alumnos a bajar a la capilla colegial para recibir el sacramento de la confesión. Aquella invitación mística hacía que el aula quedara vacía. Allí, sentados en la bancada de la preciosa —y hoy entrañable— capilla, aguardaban dos o tres sacerdotes que perdonarían nuestros infantiles pecados. Los menos responsables cedían turno a los mejor calificados para alargar lo que podía ser una ociosa mañana que se ampliaría con la media hora de recreo. Uno de los sacerdotes hacía ostentación de su sordera al poner el Sonotone en........
