Las nuevas profecías
Reunión de jóvenes en la Plaza Santa Catalina, en Murcia. / L.O.
Llevamos unos días, o unas semanas, o quizá se trate de unos meses (¿y no serán años… siglos?) con una enorme preocupación por la dependencia tan extrema de nuestros jóvenes y hasta de los niños con eso que llamamos las ‘nuevas tecnologías’ y con lo que todo ello conlleva en relación con el preocupante aislamiento de la realidad en el que se encuentran sumidos. Esto, esta especie de ‘gota desbordante’, quienes tenemos hijos pequeños o adolescentes (donde se lee hijos, léase también nietos), no sólo lo sabemos muy bien, sino que, incluso, lo padecemos. Arrancarlos literalmente de una pantalla cuesta lo que no está escrito. Si un día nuestro padre nos proponía llevarnos al monte, era uno de los mejores placeres que podíamos experimentar, pero si hoy le digo a mis nietos que los quiero llevar al monte, me miran extrañados por no saber muy bien las causas de mi enfado al haberlos incluido en tal martirio. ¿Qué está pasando, pues?
Pues nada nuevo, o, al menos, nada que el ser humano no venga buscando desde hace mucho tiempo: ¿Qué preadolescentes no ‘flipan’ desde 2006 con la aplicación Roblox? ¿Quién, de aquellos que lo vivimos, no sintió felicidad al tener en su poder el primer móvil? ¿Acaso no nos extrañaban aquellas primeras personas que veíamos caminando por la calle y hablando solas con un aparato puesto junto a su oído? ¿Quién de los que aún viven y ya han pasado la centena, no recuerda su alegría cuando veía pasar por su pueblo los primeros vehículos a motor? ¿Podían ser conscientes Niépce, Daguerre o Talbot, del vacío de realidad que iba a producirse sobre los humanos cuando su recién descubierta técnica de la imagen se popularizara universalmente?... Y, evidentemente, si seguimos rebuscando, llegaríamos hasta aquel primer homínido que descubrió cómo encender un fuego sin necesidad de que llegase una tormenta eléctrica.
Si yo mismo, con mis 73 años recién cumplidos, lo primero que hago cada mañana, tras proceder a sentarme en la cama para levantarme, es coger el móvil y consultar las entradas de Whatsapp, los nuevos likes de Facebook, los últimos emails de Yahoo en negrita… ¿de qué me extraño al ver una serie de jóvenes ‘cumpliendo’ su nueva vida interior en una plaza de la ciudad? El Homo Deus del autor israelí Yuval Noah Harari ya está con nosotros. O te sumas a él, o dejas de existir.
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