De canas y fidelidades
Alberto Guillén Morga / Juan Ballester
Si hay algo a lo que los seres humanos somos fieles, más allá de banderas, ideologías o equipos de fútbol, es a nuestro peluquero. Esa fidelidad, silenciosa y obstinada, se vuelve casi sagrada cuando uno empieza a peinar canas y a exhibir, sin pudor ni remedio, cierta expansión de la corteza craneal. Entonces, cambiar de manos resulta tan arriesgado como cambiar de médico o de confesor. Y es que, el peluquero no solo nos corta el pelo, sino que, en cierta manera, también administra la dignidad, dosifica la nostalgia y disimula, con gracia, el paso del tiempo.
Sin embargo y a pesar de ese ‘riesgo’ que uno asume cuando decide cambiar, desde hace unos días Alberto Guillén Morga es mi nuevo guardián capilar por cosas del destino, eso a lo que uno tanto debe y tanto disfruta obedeciendo. A primera vista Albert (que así se hace llamar a través del nombre de su peluquería, Albert_hair_studio) podría pasar por un árabe fundamentalista: barba poblada y recortada, cejas marcadas, mirada intensa y desafiante, estética severa… pero basta cruzar dos palabras con él para desmontar el prejuicio. Es joven, trabajador, innovador y se está labrando un futuro con paciencia y constancia en su coqueta y moderna peluquería situada entre San Andrés y San Nicolás, en el ‘pico-esquina’ de una calle que, a los que ya peinamos canas, nos parece como suspendida entre campanadas de barrio periférico y polvo antiguo de la huerta.
Como persona lista que es, Albert también domina su imagen. Cada tatuaje, cada prenda, cada gesto, forman parte de una estrategia silenciosa para construir una identidad reconocible, porque sabe perfectamente que, en un mundo saturado de estímulos, la apariencia también es un lenguaje en la búsqueda de una identidad profesional.
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Mientras me estaba cortando el pelo y tras haber hablado con él sobre la caprichosa e inexplicable actitud de ciertos clientes que de la noche a la mañana abandonan sus recurrentes visitas, estuve pensando que la fidelidad no siempre es costumbre: a veces es gratitud. Y que, en manos de alguien como Albert, envejecer resulta un poco menos aterrador.
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