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El Rata

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14.02.2026

Imagine que al nacer usted recibe 1.500 dólares. Con ese dinero debe buscarse la vida y moverse por las calles para prosperar. Un día descubre una propiedad disponible y decide comprarla. La suerte le sonríe y, gracias a una buena jugada, adquiere todo el bloque de viviendas del edificio. Esta operación le permite cobrar el doble del alquiler a sus inquilinos, muchos de los cuales serán desahuciados por sus deudas. A medida que va acumulando más propiedades y riquezas, los demás son cada vez más pobres. La cuestión es que, para que usted pueda ganar, el resto debe perder. Así es la vida o, en palabras del exvicepresidente del Gobierno y exinquilino de Soto del Real, Rodrigo Rato, «es el mercado, amigo».

Esta descripción —que bien podría ser el sueño húmedo de mi casero— es, en realidad, un resumen de las reglas del Monopoly, ese juego infantil que nos inocula el virus del capitalismo inmobiliario salvaje, antes incluso de hacer la comunión. Lo curioso es que este pasatiempo ideado por la estadounidense Elisabeth Magie en 1903 nació, en realidad, como una denuncia de los problemas derivados del monopolio de la tierra, es decir, como una crítica pedagógica a la especulación urbanística. Con el paso del tiempo, su filosofía original se invirtió: gana quien conduce a los otros a la bancarrota.

Tras echar un vistazo por Idealista, apetece más jugar a la ruleta rusa que al Monopoly. Pero, ¿y si le digo que existe una versión aún más despiadada y perversa del clásico juego de mesa? La ideó el Philip K. Dick (autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) para entretener a sus hijastras. En su versión, la banca (o banquero) no desempeña un papel neutral, sino que ejerce un poder dictatorial y recibe el nombre de El Rata. El Rata puede cambiar las reglas del juego en cualquier momento y tortura a los jugadores con decisiones arbitrarias que deben obedecer sin cuestionárselas. Cada tirada es un borrón y cuenta nueva, una ‘tabula rasa’ que sume a los jugadores en el caos y la incertidumbre permanente. No se me ocurre una metáfora más perfecta del capitalismo.

Ahora bien, para que esta variación del Monopoly resulte realmente divertida, ¿a quién elegiría usted para encarnar el papel de El Rata? Al miembro de la familia más cabroncete y colgado, ¿verdad? Pues ahora imagine a ese personaje gobernando el mundo, un Rata global que niega la idea de derecho y cambia las reglas del juego cuando le viene en gana.

Tras una tensa llamada telefónica, Trump ha anunciado que sube los aranceles a Suiza un 39% porque no le ha gustado cómo le ha hablado el ‘primer ministro’ suizo. Lo más inquietante del titular no es que ‘los humores’ del líder MAGA decidan la política arancelaria estadounidense, sino que Suiza no tiene primer ministro…

Este verano visité por primera vez EE UU y una de las cosas que más me llamó la atención fueron los spots de la televisión. Uno de cada tres anuncios mostraba a niños enfermos de cáncer cuyos padres pedían donaciones debido a la imposibilidad de hacer frente a las facturas médicas.

The winner takes it all

Viajar por el mundo me ha hecho valorar lo que significa ser europea y, sobre todo, española. La sanidad universal y gratuita, la educación pública, las pensiones… El Estado del Bienestar es nuestra verdadera bandera. Nosotros llamamos ‘derechos’ a lo que los Ratas del mundo denominan ‘privilegios’. La pregunta es si estamos dispuestos a entregar esas conquistas sociales al juego del ‘sálvese quien pueda’ y ‘la banca siempre gana’.

Fracturas que nos hacen humanos

Hasta hace algunos años, el primer indicio de civilización humana era considerado la fabricación de herramientas. La mejor representación visual de este salto evolutivo la ofrece la película de Kubrick ‘2001, Odisea en el Espacio’, cuando un mono descubre el hueso como herramienta y lo lanza al aire, transformándose en una nave espacial.

Sin embargo, la antropóloga Margaret Mead llegó a una conclusión que transformó el paradigma clásico: el primer indicio de civilización es un fémur roto que ha sido curado. En la naturaleza, romperse una pierna es sinónimo de muerte. Un fémur curado es la evidencia de que alguien vio más allá de sí mismo y cuidó a otro durante semanas.

Si la fabricación de herramientas (la técnica) implica capacidades únicas del hombre como el pensamiento abstracto, el hueso curado es la evidencia de que la verdadera evolución es ética. Preocuparnos por el otro, ayudar a quien lo necesita y ser conscientes de nuestra fragilidad consustancial es lo que nos hace humanos.

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