El entierro del Entierro
Un grupo de asistentes al Entierro de la Sardina se hace un 'selfie' con la mascota de la fiesta / L.O.
En la primavera del año 2026 d.C., toda España se encontraba apaciguada por la Pascua. ¿Toda? Toda no: en un rincón del Levante, una ciudad repelía el avance del tiempo. Parapetada en una muralla de balones completamente antirreglamentarios, pertrechada de pitos y lucecitas psicodélicas, la ciudad de Murcia se desperezaba el domingo de resaca con más regalos que el día de Reyes. Sin carta, aunque no por imprevistos eran menos deseados, como comprobamos la noche del Entierro, en la que asistimos a auténticos recitales de recepción, con paraguas dados la vuelta parando más que Zubizarreta y bolsas engordando por encima de sus posibilidades.
Primero fue el Bando de la Huerta. Este año me costó vestirme, porque me vi solo por primera vez. Mi hermana, desde que se casó, amanece en otra casa. La ropa sucia del año pasado me denunciaba con lástima. Mientras me disponía a escribir la columna semanal me dije: «A las malas me la pongo sin lavar, total, si de un año para otro se tiene que haber ido la peste». ¡Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice! Ja. Total, que puse una lavadora en lo que terminaba de juntar letras. Sesión matinal de plancha, esparteña y fajín apretado para guardar la chaira a lo Curro Jiménez —en mi caso las llaves, menos mortíferas, aunque más modosicas—. Este ha sido el Bando del convencimiento: estamos mayores y nos abruma el gentío, así que quedamos en casa de Miguel Mula para comer, pero como yo llegué tarde —porque ese día uno no puede salir a la calle sin saludar a alguien cada diez pasos—, iba yo hacia la casa mientras los otros volvían. ¡Que me quedo sin comer! Saludé hasta a Sito Alonso, que cuando se viste de huertano se llama «Sico». Suerte la mía, chiquilla: me encontré a otro grupito y fuimos a una barraca junto al río. A Álvaro Dólera se le fue la cabeza, y venga michirones y venga tocino y venga y venga… Venganza contra la vida sana. Total, que con la hincheta estaba para que me pegasen una patá y bajase rodando el Puerto. Finalmente, conseguí llegar a mi casa y perpetrar una siesta oronda que burló el atardecer.
Este lunes, como los galos, un irreductible aroma de orines y azahar invadía todavía el Tontódromo al renovarse el día. Era lo único que alteraba la normalidad de una ciudad sonrojada y aseadita, aunque esta necesitase otra ducha. Los padres dejaban a sus hijos en el colegio y los abuelos descansaban de achaques por levantar a sus nietos en brazos, con más fuerza de amor que vigor físico. Todo vuelve a su lugar: solo me falta hacer algo con esas lucecitas que van a terminar volviéndome epiléptico.
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