La vida en trama
La procesión del Viernes Santo de Lorca, en imágenes / Elisabet Soto
Hasta hace unos minutos pensaba que era miércoles, pero Lorca es Macondo porque estamos en Jueves Santo, a punto del Viernes, a dos pasos de Pascua. Les escribo con la debida antelación para que no me pille el toro y para que Enrique, mi tocayo en redacción, no me diga que llego cinco minutos tarde. Ninini. El toro que ahora bufa encerrado en unos toriles de puerta de sedas, gritos y expectativas lo describió estupendamente Salvador Rueda: "Ángeles, patriarcas, dignidades, símbolos y divinas majestades pasan entre oleajes de grandeza". En el preludio de ese océano de oleajes, la banda de los Encarnaos me recuerda, marchando por debajo del balcón, que llega la hora de vestirme con la túnica que sudó mi padre, con el que todavía tengo la suerte de discutir ardientemente sobre la Semana Santa.
Así, aquí en Lorca son las fiestas grandes, lo quieran o no otras, y aunque no llegue de un lugar extraño, sí arribo a un paisaje querido que, como a usted en cualquier otra ocasión pero en misma circunstancia le sucede, puede ser desolador si se espera llegar al mismo lugar de la memoria. "La verdadera patria del hombre es la infancia", dijo Rilke; y cuando vuelves del exilio quedan restos, retazos e intuiciones de lo que fue y ya no es. También hay presencias rotundas que te recuerdan que no todo está perdido. Les hablo, o quizás nos hablamos, desde la comodidad de un país y un paisaje en relativa paz y prosperidad, y todo queda muy occidental y muy burgués cuando aplicamos esa misma geografía de al paisaje desolado de Gaza, Líbano, Irán, Afganistán o Sudán.
Quizás no hayamos de irnos tan lejos y, sin ponerme demasiado folletinesco, podemos hablar también de las infancias truncadas por la falta de oportunidades o las expulsadas por un desahucio. Lo inmediato es pensar en los ejércitos del rencor que surgirán hacia quienes, como Pilatos, nos lavamos las manos de esa tragedia; y, aun así, sigues conociendo gente que consiguió reforjar su humanidad en el crisol de la catástrofe, sin que esto sea un reproche para quien no lo consiguió, porque también nos toca apechugar con las tempestades que sembraron los vientos de nuestra indiferencia sin escudarnos en el sedante de otra patria, de trapo, por muy rojigualda que esta sea.
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La memoria es un lugar contradictorio, pero no conflictivo, una vez que se aprende a entender la trama del tejido que es la base de esa patria de la infancia. Una trama hecha de sueños, pero tejida de enmiendas y aflicciones, de pérdidas y hallazgos. Un textil imperfecto y zurcido que es la manta con la que nos abrigamos en este viaje que llamamos vida. Podemos, entonces, ayudar a tejer otras mantas para otras vidas si alzamos la vista al horizonte que va más allá del próximo paso, no solo con nuestro cariño, en las vidas cercanas, a las patrias cercanas, sino con nuestro esfuerzo y con nuestro voto para esas otras vidas, esas otras patrias, que nos parecen, pero no son, ajenas.
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