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Armadura de piedra

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30.05.2026

Las catedrales —de cualquier estilo artístico— me han fascinado desde que tengo uso de razón. Su presencia, poderosamente erguida en las ciudades, es una de las señas esenciales de nuestra rica identidad y de la compleja historia de Occidente. No se trata, en la mayoría de ocasiones, de un monumento más; posiblemente sean la construcción más icónica y ejemplar para comprender toda una época y civilización. En otro artículo mencioné como el grandísimo Víctor Hugo las defendía ardientemente en su conservación. Hablaba de ellas —y por extensión de la arquitectura— como libros esenciales de la humanidad. En las catedrales europeas está condensado el tiempo que nos ha forjado hasta poder llegar aquí, trasformado éste en arte y maravilla.

La semana pasada les hablaba de la boda de Carlos V en Sevilla, también ponderaba lo extraordinario de esa ciudad bañada por el Guadalquivir en la época renacentista. Pues bien, me gustaría continuar con un tema que entronca perfectamente con el anterior; si bien se trata de otro aniversario y de otra ciudad. En el siglo XVI, en los tiempos del «César flamenco», Toledo fue la ciudad que ejerció como capital de España. Urbe que aglutinó a una parte importante........

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