Marcianos y caballas
Este tiempo de locos está cabreado; los trenes de borrascas, la lluvia interminable, inundaciones, desbordamientos de ríos y los vientos huracanados tratan de decirnos algo, aunque muchos con gorro de papel de plata pretendan negar lo evidente. La semana pasada miraba con atención los partes meteorológicos del sur del país y el norte de África; la cosa no pintaba bien, pero en el calendario desde hace meses tenía previsto un viaje; Tánger era el destino. Nunca antes había estado en Marruecos y las ganas eran todas. Los olores, la comida, la cultura estaban por descubrir. Aunque la climatología me decía que quizás había que suspender el viaje, una pandilla de inconscientes y yo estábamos decididos a vivir una aventura.
Dejábamos Murcia con un sol de escándalo y temperatura primaveral, cogiendo un avión rumbo a Tetuán. Un cielo gris y la lluvia nos recibían; la carretera y el viaje hasta Tánger marcaban lo que sería un viaje intenso. Viajar con monitores de campamento (amigos que organizan todo) a veces tiene sus ventajas, Es casi la hora de la merienda, me como un ñu del hambre que tengo. El futuro inmediato es incierto, y llega Pilar y nos sorprende con una mesa reservada en la parte antigua de la ciudad de Tánger para disfrutar del auténtico Cous-Cocús. El sol apareció tímidamente mientras entrábamos en el restaurante La Muralla. Dos rondas de cervezas Casablanca después el resto de la expedición llegaba, por fin, todos los protagonistas del viaje juntos.
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