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La resaca

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sunday

Un pito de plástico repartido en uno de los desfiles de las Fiestas de Primavera de Murcia. / B. U.

¿Lo oyen? Es el silencio, por fin. Es el bendito sonido de absolutamente nada.

Tras una semana dónde Murcia ha tenido más decibelios que un despegue de la NASA, la ciudad ha pulsado el botón de «cancelación de ruido». Se acabaron las batucadas que hacían vibrar las ventas de mi casa, los carritos con música y luces leds de cada grupo sardinero por las calles, el sonido de los pitos o los fuegos artificiales. Un no parar de saraos en la ciudad de Murcia que cada día te ofrecía algo por lo que lanzarte a la calle. La Batalla de las Flores, el velatorio de la Sardina o los conciertos de Primavera Río; todo un acierto que aplaudo y que me alegra haya sido un éxito de público. Ahora toca recoger las montoneras (me encanta esta palabra) de barras de chapa apiladas en las calles, los baños portátiles y las toneladas de basura tras el día del Entierro de la Sardina. Poco se habla del trabajo de los servicios de limpieza y los currantes de hostelería en estos días de 'Guerra Mundial Z'; mis respetos.

Pasear hoy domingo por la Plaza de las Flores es cómo entrar en una biblioteca un lunes a las ocho de la mañana. Se han ido los huertanos que cada martes del Bando llenan la plaza. Se han ido los sardineros, esos señores que durante cuatro días se creen dioses del Segura, con trajes imposibles que llevan capa —pero no son héroes— y grandes cantidades de caspa que ojalá se vayan quitando, y dejen paso a nuevas generaciones que tienen ganas e ilusión por generar una fiesta más sana, repartiendo juguetes de plástico y balones. Ahora, el único juguete que queda en la calle es un pito de plástico chafado por un camión de limpieza.

Llega la rutina, esa vieja amiga que nos devuelve a la realidad de que la vida no es un bucle infinito de huertanos y esturreo de sardineros. Porque, reconozcámoslo, el murciano medio vive las Fiestas de Primavera como si no hubiera un mañana. Durante siete días, el triángulo nutricional ha sido sustituido por una pirámide cuya base son los michirones: guiso de habas, ajo, cebolla, chorizo y pimentón, la morcilla de pellizco (qué buenas las que me regaló Antonio Botías de la carnicería Los Martillos) y el paparajote, ese postre con el que nos encanta vacilar a todo el novato que viene de fuera con la hoja de limonero. Hoy, domingo de postguerra festiva, el único ‘verde’ que quiero ver es el de las lechugas, sin tropezones de tocino alrededor y por lo menos dos litros de agua. La ciudad se despereza con una mezcla de alivio y melancolía. Las barracas, esos templos efímeros de la gastronomía murciana, mañana serán esqueletos de cañizo. Se acabó el drama de buscar mesa como quien busca una aguja en un pajar. Ahora volvemos al tupper de oficina y al gimnasio, donde intentaremos quemar en una tarde lo que hemos acumulado a base de sobrasada, cerveza y montaditos. Se acabaron las miradas de turistas preguntándose por qué hay gente vestida de los trajes típicos regionales bebiendo cerveza en vasos de un litro. La ciudad recupera o pierde ese subidón de alegría por las calles abarrotadas y olor a pis. Pero no nos engañemos. En el fondo, este silencio nos pesa un poco. Echaremos de menos el jaleo, porque Murcia sin su estruendo primaveral, es como un paparajote sin canela: sigue estando bueno, pero le falta el ‘puntico’. Eso sí, no se lo digan a mis rodillas ni a mi hígado, que están celebrando la vuelta a la rutina con una fiesta privada de agua mineral y reposo absoluto. También he puesto dos tablones por dentro de casa y he apuntalado la puerta para no volver a salir en una larga temporada. Hasta el año que viene, Fiestas de Primavera. Gracias por todo, pero, por favor, no vuelvas hasta que haya digerido el último michirón.

Feliz resaca y dieta detox

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