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Crónica de un pellizco

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10.05.2026

Un grupo de flamenco / L.O.

Dicen que en el sur el pellizco es algo que trasciende lo físico; no se aprende en los libros, se siente en las entrañas. Es ese instante fugaz en el que el flamenco te conmueve o en el que una copla de carnaval te eriza la piel sin previo aviso. Yo he sentido ese pellizco estos días: me ha golpeado en la cara con la naturaleza salvaje y el olor a salitre de Cádiz, y me ha envuelto con la luz filtrada de un vino oloroso en Jerez. Así comienza mi fin de semana en el motor de un autobús, crónica de un viaje de ida y vuelta a la raíz.

Es tiempo de amapolas; en el camino, el toro de Osborne y una botella con sombrero, chaquetilla y guitarra de Tío Pepe —dos iconos históricos— me dan la bienvenida a la provincia de Cádiz. Primera parada: Jerez de la Frontera. Volver a abrazar a los amigos que dejé al irme a vivir a otra ciudad alegra la vida y, si encima lo acompañas con un vaso de caracoles con un caldo hecho a base de hierbabuena, poleo e hinojo mientras te pones al día, el recibimiento no puede ser mejor.

Un breve paseo y llegamos a La Moderna, en la calle Larga, un bar con "solera"; en su interior queda parte de la antigua muralla que rodeaba Jerez. En su pared, colgado, un poema: "...aquí no hay prisas ni sirenas, solo un trozo de jerez con su finura que sabe a casa, a sol y a cosas buenas". Jenaro Álvarez, historia de la calle Larga y de esos........

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