Perder un quiosco, perder la ciudad
La ciudad no se enteró cuando cerró el quiosco. Las ciudades, como los viejos toreros, tardan en notar la cornada. Siguen encendiendo escaparates, cambiando semáforos y llenando terrazas mientras se les va la sangre por una grieta que nadie mira.
Durante unas semanas ocurrió un milagro menor. Aquel quiosco clausurado de la Gran Vía se convirtió en una hornacina laica, una ermita de chapa, un pequeño altar civil. La persiana amaneció cubierta de notas, fotografías, agradecimientos y despedidas. Había la historia de una ciudad en aquellos papeles sujetos con cinta adhesiva
No dejaban flores. Dejaban las formas más antiguas de la memoria, esas que la inteligencia artificial todavía no sabe imitar sin delatarse: una frase apresurada, una fotografía desvaída, una gratitud escrita a mano. No despedían un negocio. Despedían una costumbre.Y una ciudad sin costumbres es solo una maqueta con tráfico.
Los quioscos parecían poca cosa. Un tenderete con........
