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Los trenes ya no son románticos

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25.01.2026

Los trenes no son lo que eran. Hay que decir que por fortuna, pero a costa de la pérdida del romanticismo que le atribuyen la novela, el cine y, desde luego, nuestra propia experiencia, sobre todo la de quienes ya no peinamos ni las canas. Los trenes son hoy unas máquinas potentísimas, ultrarrápidas, ecológicas, tecnologizadas hasta casi el automatismo, cómodas para el usuario, y seguras, dicho esto último con la prevención de que nada lo hay al ciento por ciento.

Uno, que no ha tenido más coche que sus zapatos, ha viajado con bastante constancia en todo tipo de trenes a lo largo del último medio siglo. Recuerdo hasta con cariño aquel tren Murcia-Portbou (sí, hubo alguna vez un tren directo desde la estación del Carmen hasta la frontera con Francia) que alcanzaba Barcelona en unas diez o doce horas, con aquellos bancos de listones de madera que te dejaban el culo a rayas, como la piel de cebra.

O el ‘borreguero’ a Madrid en vagones-litera (wagons lits, le llamaban a aquello para darle categoría) en que dormías con media docena de desconocidos en apretada promiscuidad de olores a calcetín, sospechosos escapes de metano e ininterrumpidas barritadas selváticas de mayor o menor intensidad. Si ocasionalmente disponías de algún dinerillo y te alquilabas un vagón individual bien podías presumir de haber escapado del infierno. Cuando amanecía sobre Chamartín, final del viaje, el paisaje metálico de las vías te parecía el jardín del Edén.

Podíamos viajar en tren incluso a Granada, en unos vagones traqueteantes que no transmitían inquietud porque discurrían como las tortugas, y el único yuyu lo producían los tramos en que, si te asomabas por la ventanilla, observabas el filo de los precipicios. Esa línea fue eliminada entrados los 80, pero a los murcianos nos ha quedado esa sensación que dicen que afecta a quienes les amputan un apéndice del cuerpo: siguen notándolo, aunque ya no lo tengan.

En el interior de la Región el tren llegaba a la remota Águilas, que en verano se denominaba ‘el tren de los baños’, con los pasajeros cargados de neveras, sandías y flotadores, si bien lo hacía por un trayecto montañoso, árido y despoblado en que se sucedían los parones, en cualquiera de los cuales podría haber aparecido una cuadrilla de forajidos para desplumar al personal, como en las diligencias del western. Existía también hasta hace poco un ‘cercanías’ a Valencia que mejor habría sido denominarlo ‘lejanías’, pues tardaba cinco horas en cumplir su destino.

Ya por entonces, durante el franquismo y los primeros años de democracia, se decía que España tenía una de las mejores estructuras ferroviarias de Europa, y probablemente era verdad, como hoy. No podíamos comprobarlo in situ, porque eran los tiempos en que rara vez viajábamos al extranjero y las vacaciones las resolvíamos entre el dominguerismo en la costa más cercana o, o ya en plan extra, en Benidorm, lo más........

© La Opinión de Murcia