La izquierda: un paso al frente, dos pasos atrás
La izquierda: un paso al frente, dos pasos atrás / Leonard Beard
Durante la Transición, la izquierda más allá del PSOE era comunista sin excepción. La llamada ‘sopa de siglas’ que la integraba se repartía las definiciones de marxista-leninista, maoísta, trostkista, albana, prosoviética, eurocomunista... PTE, ORT, LCR, LC, MC, PCE, PCE (i), PCE (r), PCE (m-l), Convención Republicana, ERC, BNG, HB y más, tal vez hasta llegar a catorce, como ha datado ese espectro, ya hoy, Gabriel Rufián. Salvo el PCE de Santiago Carrillo, tildado de ‘revisionista’, los demás eran encapsulados como ‘extrema izquierda’. Los socialistas sufrían también su propia atomización: PSOE, PSOE (h), PSP, PSA... Las primeras elecciones democráticas con todos los partidos legalizados se los llevaron a todos por delante, menos al PCE y los de arraigo nacionalista, y muchos de sus dirigentes o militantes se incorporaron al PSOE en una aceptación repentina de la socialdemocracia, abriendo un espacio simbólico para los más zurdos en una corriente interna denominada Izquierda Socialista.
Decae la C de Comunista
Pero la C de Comunista empezó a perder prestigio, y el partido decidió reciclarse en ‘frente amplio’ de la izquierda sumergiéndose en IU, una fórmula que revitalizó levemente la opción. Todo fue razonablemente bien hasta que la vieja guardia empezó a resistirse contra el ‘desviacionismo’ y algunos organizaron plataformas de aterrizaje en el PSOE, como fue el PDNI (el ‘pedín’, como lo bautizó Pedro Marset).
Mientras tanto, la democracia se constituía en un severo bipartidismo con la ‘imperfección’ de IU y los nacionalistas. Hasta que llegó el 15M, un movimiento espontáneo que alertó sobre las deficiencias de la democracia: «No nos representan», «Lo llaman democracia y no lo es»... No se trataba de un tsunami izquierdista, sino de una expresión general de hartazgo que consiguió atraer a clase media y juventud.
Resulta significativo que el único canal que retransmitió en directo la acampada de la Puerta del Sol fuera Intereconomía, hoy alineada con Vox. Y que Ciudadanos, en su primera etapa con Albert Rivera, recogiera parte de aquel impulso regeneracionista antes de hundirse.
Fue Pablo Iglesias quien mejor entendió aquella música y le puso letra. El éxito fue casi suficiente para dar el sorpasso al PSOE. Sin embargo, Iglesias acertó en el diagnóstico pero falló en la solución: derivó hacia un autoritarismo feroz que llevó a Podemos de la organización asamblearia al leninismo clásico, despilfarrando cinco millones de votos pese al ‘pacto de los botellines’ con Alberto Garzón (IU). Figuras como Íñigo Errejón, defensor de la ‘transversalidad’, fueron desplazadas.
La izquierda se fracturó en dos alas menguantes. El Movimiento Sumar intentó aglutinar al conjunto en 2023 con Yolanda Díaz, quien vetó a Irene Montero y dejó espacio limitado a Podemos. La exclusión de Podemos del Consejo de Ministros provocó una ruptura inmediata. Hoy la desconfianza es evidente: Irene está en mejor posición que Yolanda, pero ninguna puede tirar cohetes. El factor humano pesa tanto como la estrategia.
La propuesta de Rufián sobre la unión de la izquierda no es nueva: es otra reedición del ‘frente amplio’. La diferencia ahora es la idea de retraerse en cada provincia para concentrar el voto en el partido hegemónico. Pero el propio Rufián ya ha matizado que «no se me ha entendido bien».
En Murcia, en 2023, la coalición (Podemos, Más Región, IU, Equo, Verdes…) logró un diputado, algo vetado desde los tiempos de Pedro Antonio Ríos. Que luego se rompiera no invalida que electoralmente funcionó. También en las autonómicas la coalición Podemos-IU obtuvo representación en la Asamblea Regional.
Por eso, cuando se habla de unión, en Murcia la fórmula parece clara: reeditar la experiencia anterior. El problema vuelve a ser el factor humano.
Fallos de perspectiva
No está garantizado que votantes de un partido apoyen disciplinadamente a otro competidor.
El partido que no se presenta desaparece (como ocurrió en la práctica con el PCE).
Integrar a partidos independentistas puede generar rechazo fuera de sus territorios.
El antecedente del ‘pacto de progreso’ entre Almunia y Frutos en 2000 fue desastroso.
No es casual que la iniciativa parta de Rufián y Emilio Delgado (Más Madrid). El artículo de Joan Tardá en El Periódico lo explicita: fortalecer a la izquierda española puede facilitar avanzar en la independencia de Cataluña. Rufián no se ha convertido al españolismo; intenta instrumentarlo.
El acto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid mostró una izquierda en peor situación que en 2023: estaba todo Sumar menos Podemos. Reintegrar al partido de Iglesias implicaría reabrir heridas. Se habló de ‘la casa común de la izquierda’, concepto heredado de Alfonso Guerra, lo que evidencia cierta falta de imaginación.
Lo único realmente llamativo fue la propuesta de Emilio Delgado: «quitarle banderas a la derecha». Una idea atrevida y controvertida. La cuestión de fondo es si el ‘frente amplio’ aspira solo a sobrevivir o a ampliar su base electoral más allá de la militancia.
El eslogan del acto fue «Un paso al frente». Quizá falte añadirle «y dos pasos atrás», como recomendaba Lenin al Partido Bolchevique: a veces hay que retroceder para tomar impulso y evitar un retroceso forzado. Tal vez, al menos en eso, podrían volver a ser leninistas.
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