El privilegio de la cercanía: más allá de la cuota y el barniz
Antiguas camareras de la Virgen de la Soledad. / Javier Albiñana
No existe en nuestras hermandades mayor privilegio que el de ser camarera. En aquellos tiempos en los que la mujer no podía vestir el hábito de nazareno, ni llevar un trono, ni mucho menos soñar con un sitio en la mesa de una Junta de Gobierno, ser camarera era el único camino. ¡Pero qué camino más bonito! Lo recordaba hace poco Ana María Flores en un acto de mi hermandad, a quien siempre he admirado con sumo aprecio.
Las camareras no solo cuidan el encaje, el terciopelo y el joyero… Las camareras, por encima de todo, velan por las imágenes. Esa labor de custodia las sitúa en una frontera privilegiada con lo trascendental. Tocar lo que otros solo alcanzan con la mirada, preparar el ajuar que........
