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La nave de los locos

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25.03.2026

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. / EFE

La Casa actual Blanca se parece cada vez más a una nave de los locos a la deriva y con el más demente de todos sus ocupantes al timón.

¿Cómo es posible que los ciudadanos de aquel país, que se dice república, dieran un día su voto a semejante tirano y cómo es sobre todo posible que el Congreso no se haya ya rebelado y pedido su inmediata destitución?

Cuesta creer que el país de Benjamín Franklin, de Thomas Paine, de Walt Whitman, de Henry David Thoreau, de Waldo Emerson, de William James o sí, también de Franklin Delano Roosevelt, haya podido caer tan bajo.

Es difícil creer como europeos, o como ciudadanos de cualquier otro país, ya sea China, Brasil o Madagascar, que semejante energúmeno haya podido llegar, y además por segunda vez, a la Casa Blanca, el puesto de mayor poder del planeta.

Y es realmente vergonzoso ver cómo algunos de nuestros dirigentes se dedicaron durante meses a adularle públicamente, con la esperanza de conseguir sus favores y cómo él pagó su adulación con el mayor desprecio.

¿De qué sirvió que esos sicofantes le prometieran dedicar a defensa, como él exigía, hasta un 5 por ciento del PIB de sus países, o que la presidenta de la Comisión Europea se comprometiera, en nombre de Europa, a comprar a EEUU armas, gas y petróleo por cientos de miles de millones?

En agradecimiento, el Donald los llama ahora ‘cobardes’ por no haberse atrevido a mandar a sus militares a una misión suicida como sería la de intentar desbloquear el estrecho de Ormuz, que controla Irán.

Y se burla de la OTAN diciendo que, sin Estados Unidos, es sólo «un tigre de papel», calificativo que había reservado antes a la Rusia de Putin, con la que ahora, para total enojo de los europeos, parece querer negociar.

Se quejan nuestros líderes de que Trump no los hubiese consultado antes de lanzar, junto a su aliado Israel, la operación militar contra Irán en un fallido intento de descabezar a su régimen.

¿Se lo habrían desaconsejado? El canciller federal alemán llegó a decir, antes de cambiar de opinión por las críticas recibidas, que EEUU e Israel estaban haciendo el «trabajo sucio» de los europeos.

Y no hay duda de que a los Macron, los Starmer y sus homólogos de otros países nada les gustaría más que ver eliminado aquel régimen, aunque fuese con métodos que violan el derecho internacional.

Pero la operación ‘Furia Épica’ no está saliendo como, en su absoluto desconocimiento de la realidad de Oriente Medio, sin duda esperaban Trump y su ministro de la Guerra, el tan fanfarrón como ignorante Pete Hegseth.

Distinto es el caso del primer ministro israelí, el genocida Benjamín Netanyahu, que fue quien embarcó a Trump en esa aventura en un claro intento de eliminar el principal y ya casi único obstáculo para ver realizado un día su viejo sueño del Gran Israel.

Trump se lanzó a lo que, tal vez creyendo ciegamente al genocida israelí, pensó que sería un paseo militar que terminaría en el rápido descabezamiento del régimen de los ayatolas.

Y lo hizo sin un plan mínimamente coherente, sin una estrategia clara, como le reprochan hoy muchos, entre ellos quien fue su secretario de Defensa en su primera etapa en la Casa Blanca, el general de cuatro estrellas Jim Mattis.

Ahora por fin parece haber comprendido Trump que los bombardeos aéreos no bastan para forzar un cambio de régimen, sobre todo en un país acostumbrado a la resistencia y el sacrificio como el Irán chií, y que hará falta poner «botas sobre el terreno» y exponerse a tener que recibir los féretros de los caídos.

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¿Se arriesgará a ello el piloto de la nave de los locos cuando podría costarle la presidencia?

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