Herencia viva
Cementerio San Miguel / GREGORIO MARRERO
Subíamos la calle a ritmo constante, yo siempre de la mano de mi abuelo Narciso. Había primero un pasillo que me parecía muy largo, con todos los nichos a derecha e izquierda, varias filas una encima de otra y flores de plástico asomando. Me lo pasaba bien, allí podía corretear, aunque no solía hacerlo. Él apenas hablaba y yo lo observaba y, en el fondo, imitaba sus movimientos de solemne ceremonia. No sé de dónde lo sacaba, pero aparecía siempre un trapo blanco que cogía de una esquina con la mano derecha y crujía seco en el silencio cuando lo sacudía una vez, y un bote de limpiacristales. Había cogido los jarrones con las flores, las fotografías de esa niña sonriendo a cámara y retirado todas las acículas que habían caído alrededor. Me daba el trapo y me ponía a abrillantar cada florero, solo eran un poco más grandes que mi mano pueril. Soplaba cada esquina, cada recodo de ese nicho, de arriba abajo, de izquierda a derecha, siempre el mismo orden. Humedecía el........
