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El Día del Libro viene a salvarnos

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22.04.2026

El Día del Libro, este 23 de abril, es un día de muy verdadero, no como esos de compromiso que pueblan el calendario. No me gustan las celebraciones a fecha fija, ni siquiera los cumpleaños (olvido cuántos cumplo, por pura compasión hacia mí mismo). La vida acaba inexorablemente mal, y eso, creo yo, es de mucho cumplir años. Aunque peor es no hacerlo. Pero el Día del Libro hay que celebrarlo. Con su rosa. No la toques ya más, que así es la rosa. Y hay que hacer columna de este día, como diría Umbral, que siempre iba a hablar de su libro, o así ha pasado a la historia. Hay que hacer la columna del 23 de abril, como hay que hacer la columna de las rebajas, de las primeras nieves y del fin de año.

La fecha, como es sabido, coincide con la muerte de Cervantes, de Shakespeare, del Inca Garcilaso y de más gente, que no me acuerdo ahora. Casi todo, mentira: como si lo dijera Trump. Las fechas de la muerte de los escritores clásicos son borrosas como sus vidas, no como sus obras. Cervantes murió un día antes, tal vez, y su tumba siempre ha sido dudosa y huidiza. Shakespeare es un gran desconocido, hasta para Maggie O’Farrell, que le ha sacado esa novela hermosa y triste sobre el hijo muerto. Shakespeare murió en mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor. La discrepancia entre el calendario juliano y el gregoriano convierte el 23 de abril en un encuentro funerario imposible. Pero gusta pensar, no ya que murieran casi simultáneamente, sino que se encontraran quizás un día, nada menos que en Valladolid, según afirman algunos, donde el bardo inglés habría viajado empotrado en una delegación de paz de su país. Por todo esto el día 23 tiene tanto sentido. Aunque las fechas sean borrosas y dispares.

Hay que celebrar buenos números de lectores, sobre todo niños y mujeres. Se lee más de lo que se piensa, y eso que España parece un país de escritores que, en su mayoría, no se leen los unos a los otros. Ahora que escribe todo el mundo, la literatura alcanza su verdadero sentido: salvarnos de la muerte. Como Sherezade. Ella sabía el truco, porque siempre funciona una neverending story, que diría Ende, por ende. Dickens añadía a menudo un capítulo más, y así se hizo una pasta, junto con las lecturas públicas, que cobraba, lo que siempre ha estado mal visto en la literatura. A los escritores se los quiere pobres o un tanto menesterosos (siempre cito aquí ese libro de la inagotable Yolanda Castaño, Economía y poesía: rimas internas).

En fin, la vida tiene un final. La literatura no. La literatura nace del viaje, y de no llegar al destino, sino de estar muy atareado con los monstruos (y, sobre todo, con los críticos: Tolkien sabía que escribir no era un hobby, sino más bien un hobbit: mucho más productivo. Supo crear una gran industria).

La otra tarde presentamos en Follas Novas, en Compostela, un libro de mi amiga Silvia Salgado (Después del lunes, Hércules de Ediciones). Es una hermosa colección de artículos de prensa unidos por el hilo rojo de la literatura. No tanto por los escritores como por los lectores. Ella dirige ocho clubes de lectura, así que sabe de lo que habla. Por todo esto tiene sentido el 23 de abril. Cuando se mudó y dejó atrás sus siete casas vacías, es un decir, colocaba un libro de Borges en lo alto de las cajas de cartón, el favorito de su marido. Borges siempre fue un ciego con mucha vista. Los escritores ciegos son una clase propia. Hace 20 años, exactamente, Alberto Manguel llegó a Galicia con una exposición conjunta con Aurora Bernárdez, ella de Dacón. Fue así como los conocí. Manguel leía a Borges novelas (no sólo de amor) y le contaba las películas al oído. Me gusta pensar que esto fue así. Y escribió Una historia de la lectura, claro. Es mi recomendación para el 23 de abril. Como todos esos libros que contienen multitudes y que nos salvan.

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