Noches al fresco
Era una costumbre que comenzaba a finales de junio, cuando acababa el colegio y mi hermana y yo nos trasladábamos al pueblo con mis abuelos maternos mientras nuestros padres trabajaban. Lo hicimos durante muchos años, establecernos allí con ellos en las vacaciones escolares, primero como niñas ajenas a la fatalidad y después como atormentadas adolescentes huérfanas de madre, hasta que empezamos la universidad. Y durante todo ese tiempo, los veranos que allí pasamos, ese hábito se mantuvo, hasta el punto de que, al mudarnos a Madrid con mi padre, asumí que también lo vería en las calles de esa gran ciudad a la que solo íbamos en Navidad y donde el tren al que por alguna extraña razón llamaban metro circulaba al revés, como dijo mi hermana la primera vez que tuvo que cogerlo sola para ir al colegio y acabó........
