Editorial | La política aeroportuaria
Un avión de Air Europa aterriza en el aeropuerto de Alvedro. / Iago López
Este mes el Clúster de Turismo de Galicia propuso mejorar la política aeroportuaria autonómica mediante la limitación de las terminales de A Coruña y Vigo a vuelos comerciales, priorizando así el turismo hacia la capital de Galicia. Su objetivo pasaba por «evitar duplicidades y mejorar la eficiencia global», a pesar de que la miopía del planteamiento realizado no solo castigaba a Alvedro y Peinador, sino que obviaba los datos que reflejan el tirón comercial de estas dos.
Este debate viene de largo y todavía no ha sido resuelto con acierto. Ya en los primeros tiempos de Alberto Núñez Feijóo al frente del Gobierno gallego, esta polémica trató de zanjarse limitando las ayudas autonómicas a los aeropuertos después de que estas beneficiasen con descaro a Santiago, si bien aquella práctica ha quedado aparcada, al menos de forma directa. En aquella época la Xunta llegó a pagar directamente por vuelos de Ryanair a Lavacolla.
El planteamiento del Clúster de Turismo evidencia que la guerra aeroportuaria se mantiene en el imaginario de ciertos ambientes, si bien la Xunta ha rechazado su propuesta a través de la boca de su presidente, Alfonso Rueda.
Aun así, las ayudas que pretende aportar el Ejecutivo autonómico para que las terminales capten nuevas rutas resultan insuficientes, pues solo desembolsará 100.000 euros anuales por destino, con un máximo de dos por ejercicio. Esos 200.000 euros representan poco más del 10% de los 1,9 millones que el Consorcio de Turismo de A Coruña posee como presupuesto anual, lo que evidencia la tímida respuesta de la Xunta para plantear una reacción coordinada que beneficie a las tres terminales, cuestión, por cierto, en la que Aena ni estuvo, ni está, ni se le espera.
Erradicar la competencia aeroportuaria por completo resulta una quimera, pero no lo es cimentar una política de cooperación en un ámbito en el que ya existen tres terminales aeroportuarias, por cierto, con grandes diferencias de tamaño debido a la prioridad aportada desde siempre a Santiago por su condición de capital y por su ubicación central. Se trata de amortizar infraestructuras existentes y plenamente operativas.
En ese contexto, la viabilidad de Alvedro también debe ocupar un papel central en el debate no solo a nivel municipal, sino también autonómico. La terminal coruñesa perderá 120.000 pasajeros tras el cese de las rutas a Málaga, Valencia y Londres, que mantuvieron en verano una ocupación del 98%, por la conclusión de sus convenios con el Concello, obligado ahora a plantear nuevas licitaciones. Eso sí, se mantienen Milán, Ginebra, Tenerife y Gran Canaria, así como Madrid y Barcelona.
El aeropuerto coruñés cerró el año pasado con 1,29 millones de pasajeros, el segundo mejor dato de su historia, con Madrid como principal destino, pero el éxito de los enlaces turísticos evidencia su tirón más allá de los negocios, que la demanda existe y que es tarea de las instituciones, en plural, hallar fórmulas para mejorar su competitividad, un punto de vista extensible a las otras dos terminales autonómicas. Si se quiere mantener aquel lema de «Galicia, única», resulta imprescindible erradicar fórmulas de discriminación que consideran el mercado turístico coto exclusivo de Lavacolla y diseñar un plan estratégico consensuado para las tres terminales, apoyado en lo financiero, sostenido en el tiempo y con visión de país.
aeropuerto de Alvedro
