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Alemania quiere liderar

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20.02.2026

Por su cercanía tanto geográfica como histórica, España mira hacia Francia con especial interés. Se ha dicho que Felipe González tomó su programa electoral de las promesas con las que Mitterrand había llegado al poder y que, poco después, tras comprobar el fracaso francés, dejó que Boyer enderezase el rumbo de nuestra economía. Las tensiones de Aznar con Chirac, por otra parte, facilitaron el acercamiento del gobierno español a la tercera vía que preconizaba Tony Blair y que tuvo aquí una vida tan corta como en el Reino Unido. De Emmanuel Macron, en principio, se habló por el paralelismo que algunos establecían entre su movimiento reformista y lo que en España propugnaba Ciudadanos. Macron ganó dos presidenciales; pero, tras catorce años en el poder, difícilmente se puede decir que Francia haya vuelto a la primera línea global, considerando su delicada situación económica y sus conflictos sociales, su déficit y su endeudamiento público fuera de control.

Desde el principio, la UE da la impresión de que se ha movido según un pacto tácito entre Alemania y Francia, en el que cada uno de los dos países ha ejercido un rol determinado. Berlín lideraba la política industrial, y París la defensa y la política exterior. Pero la crisis con Rusia y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca parecen haber roto esta alianza. Hay también razones internas: la industria alemana —más siglo XX que XXI— sufre especialmente a causa de varias décadas de infrafinanciación pública y de la falta del gas ruso; Francia, en cambio, presenta los clásicos síntomas de ser el enfermo de Europa, incapaz ya de liderar cualquier iniciativa. El giro en Berlín hacia la derecha, tras la legislatura corta del socialdemócrata Olaf Scholz, anuncia cambios más hondos a todos los niveles. En un reciente discurso, pronunciado en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Friedrich Merz apuntaba directamente hacia el liderazgo alemán. Merz quiere abandonar la idea de una Europa desconectada de los grandes conflictos globales, mientras se queda atrás respecto a la revolución tecnológica en marcha. Impulsar el gasto en defensa para reforzar la seguridad y promover la industria y la tecnología son dos ideas clave. A su vez, quiere instaurar una Europa a dos velocidades —o incluso a múltiples velocidades— para avanzar más rápido en la consolidación de agrupaciones supranacionales. En esta nueva Europa, por cierto, España parece no contar para el canciller alemán, que ha elegido a Polonia y a Italia como socios prioritarios. Berlín se muestra decidido a resistir el avance ruso en Ucrania, sosteniendo militarmente los esfuerzos militares de Kyiv, a la vez que se habla ya de algún programa de disuasión nuclear europeo a gran escala, con los países escandinavos especialmente interesados en desarrollar este nuevo proyecto.

¿Qué supondrá para la UE el liderazgo alemán? Seguramente la aceptación pragmática de una realidad: que Europa necesita ser liderada y que sólo la poderosa economía alemana —incluso tocada como ahora— puede hacerlo. Tal vez también implique más gasto comunitario, en línea con las prioridades que marque Berlín que, a día de hoy, son la defensa (frente a Rusia), la industria y la tecnología, postergando el escudo social o el medio ambiente. En términos geográficos, es de suponer que continuará afianzándose el corazón del continente (Polonia, Austria, Países Bajos, Dinamarca…), mientras que el sur afronta su propia decadencia. La pregunta en clave nacional es si Madrid sabrá vincularse a la nueva agenda que marca Merz o si seguirá confiando en un cambio de viento. Por ahora parece más lo segundo que lo primero.


© La Opinión A Coruña