Alemania en otoño
21 de septiembre
Voy a Alemania por razones familiares. El tren de Düsseldorf a Bonn tiene media hora de retraso. No recuerdo cuándo fue la última vez que me monté en un tren puntual en Alemania. De siete u ocho que veo anunciados desde mi andén en Düsseldorf, solo uno parece que saldrá a su hora.
Una amiga, dos días después, me va contando por WhatsApp su odisea para ir al aeropuerto, desde un pueblo cercano a Bonn. La llevan en coche a la estación de tren y, al ir a detenerse en una gasolinera, se dan cuenta de que la están atracando en ese momento. Continúan sin parar –no me explica si llaman a la policía–. Su tren se detiene en una estación intermedia: no puede continuar el trayecto debido a vandalismo en las vías –parece que han robado parte de la catenaria–. Se sube a un tren mucho más lento, que se detiene a su vez más adelante porque hay obstáculos en las vías. Acaba teniendo que coger un taxi para la última parte del trayecto.
El tren que tomo de regreso a Düsseldorf solo llega con veinte minutos de retraso.
En casi todas las conversaciones que mantengo estos días con alemanes el deterioro del ferrocarril y en general de los servicios públicos es tema estrella. Alguien me pregunta si me ha llamado la atención algún cambio en Alemania en los últimos tiempos –viví en este país y lo visito con frecuencia–. Mi respuesta espontánea es que encuentro a los alemanes más antipáticos, irritados, tensos. Asisto a discusiones por minucias, a respuestas groseras. En una panadería me atienden de mala manera. En........
