Reforma laboral, desindustrialización y resistencias: claves de una Argentina más allá de Milei
La aprobación de la reforma laboral en el Congreso, casi en simultáneo con la reforma de la ley penal juvenil, el cierre de la fábrica de neumáticos Fate, la ley de glaciares, los nuevos instrumentos represivos, los acuerdos económicos y militares con los EEUU y la Unión Europea y el despliegue de la "motosierra", constituyen batallas parciales de una guerra encaminada a aplastar al pueblo trabajador y a expoliar la naturaleza hasta su destrucción.
Hablar de guerra contra los pueblos no constituye una figura retórica ni una exageración. Warren Buffet, un ultra millonario de EEUU, como portavoz de muchos otros, expresó "hay una lucha de clases, está bien, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y estamos ganando". Lo que podría parecer un exabrupto, describe crudamente una realidad que hoy expresan los ricos del mundo sin pudor. Esta guerra despeja cualquier duda acerca de la posibilidad de humanizar al capital desde un Estado supuestamente "presente" y mediador, si no se adoptan medidas radicales contra un enemigo que no se dispone a tregua alguna y que encima se siente ganador. El Genocidio en Palestina -y los recientes ataques a Venezuela e Irán- no sólo revela el rostro horrible y purulento del capital, sino señala que el futuro -a nivel global- ya llegó hace rato.
¿Cuántos pobres hacen falta para construir un rico?
En Argentina, esa guerra resulta cada vez más palpable. Tras la fachada de "plata no hay", el poder adquisitivo de los trabajadores y las trabajadoras se desplomó a medida que las grandes fortunas se acrecentaron. Según el ranking de Forbes Argentina 2025-2026, las 50 mayores fortunas del país acumulan 78.000 millones de dólares, equivalentes al 12,1% del PBI, un 68% más que en 2020.
Esas fortunas tienen nombre y apellido, Marcos Galperin (Mercado Libre), Hugo Sigman (industria farmacéutica y agroindustria), Paolo Rocca (Techint y petróleo), Alejandro Bulgheroni (energía), Pérez Companc (alimentación), Eurnekian (corporación América y ex jefe de Milei), entre otros. Un comentario merece Javier Madanes Quintanilla, con una fortuna de más de 1.500 millones de dólares, dueño de Aluar y Fate, que acaba de anunciar su cierre sin importarle dejar en la calle a más de 900 familias trabajadoras.
Muchos medios lo presentan como una víctima más de la política de destrucción industrial del gobierno de Milei. Esto tiene alguna arista cierta, pero de ninguna manera es una víctima. No sólo porque tiene suficientes reservas con las que podría aguantar décadas ganando un poco menos -reservas que desde ya sus trabajadores no tienen- sino porque más allá de sus roces con Milei, se dispone a pasar al negocio de la energía, adaptándose al modelo de país que éste pretende configurar a costillas de nuestro pueblo.
Directamente proporcional a cuanto aumentan sus riquezas, más aumenta la cantidad de gente que no llega ni a mediados del mes, que no puede pagar el alquiler, que deja de comprar remedios y que se endeuda para comer, entre otras necesidades populares.
Estos grandes millonarios no sólo acumulan ganancias. También acumulan poder y moldearon las leyes para legalizar el despojo y acabar con lo que Adolfo Gilly denominó alguna vez "anomalía argentina": los cuerpos de delegados, las comisiones internas y las asambleas de trabajadores que disputan al empresariado el poder de decisión a nivel de las empresas. "Anomalía" que permitió obtener derechos que la contra-reforma laboral pretende liquidar. Son quienes -junto con Trump- mueven los hilos del títere servil y abyecto que nos gobierna.
De todos modos, su consolidación está aún por verse, más allá de los golpes y las derrotas que venimos recibiendo. Por lo pronto, las fortunas empresarias crecen, pero la caída de un 11% de la recaudación del IVA por el desplome del consumo, la escasez de inversiones y la inflación en ascenso, constituyen factores que no riman con estabilidad. Lo endeble del modelo económico, "atado con alambre" o, mejor dicho, con préstamos yanquis, así como las notorias señales de un creciente descontento popular -que no habilita a esperar prontos estallidos, pero tampoco augura calma- abre interrogantes. Por el momento, sólo aseveran inestabilidad y un pronóstico abierto.
La paciencia popular se va........
