Palestina frente a la escalada colonial
Frente al genocidio, la limpieza étnica y la expansión colonial, la respuesta exige organización popular, unidad de las fuerzas de la resistencia, ruptura con Oslo y una escalada de la solidaridad internacional.
Palestina atraviesa una nueva y peligrosa fase de la ofensiva colonial sionista. Los acontecimientos que se suceden en Cisjordania, Jerusalén, Gaza, los territorios palestinos ocupados en 1948 y las cárceles israelíes no pueden analizarse como escenarios separados ni como una acumulación de episodios circunstanciales. Forman parte de una misma estrategia destinada a avanzar sobre la tierra palestina, modificar por la fuerza su realidad demográfica y territorial, profundizar la fragmentación de nuestro pueblo y destruir cualquier capacidad organizada de resistencia.
Lo que ocurre hoy en Cisjordania muestra con especial claridad esta dinámica. Los ataques de grupos de colonos armados contra pueblos y comunidades palestinas, el incendio de viviendas, tierras y mezquitas, la apropiación de terrenos y la expansión de los puestos coloniales se desarrollan bajo la protección directa o indirecta de las fuerzas de ocupación. Cuando las comunidades palestinas intentan defender sus casas y sus tierras, el ejército interviene contra ellas mediante incursiones, cierres, detenciones y castigos colectivos. Los colonos avanzan y el ejército consolida ese avance. No son dos actores independientes ni dos formas diferentes de violencia, sino expresiones complementarias de un mismo sistema colonial.
Los acontecimientos de los últimos días han vuelto a demostrar que el objetivo no es simplemente intimidar a determinadas localidades, sino crear condiciones que permitan ampliar el control territorial y empujar progresivamente a la población palestina fuera de determinadas zonas. Existe aquí una continuidad histórica evidente con los mecanismos utilizados desde 1948: violencia, expulsión, apropiación de la tierra y posterior transformación del despojo en una nueva realidad presentada como irreversible. La diferencia es que hoy nuestro pueblo conoce perfectamente esa lógica y sabe que abandonar una colina, una parcela, una vivienda o una comunidad frente a la presión colonial significa abrir el camino para el siguiente avance.
Por eso la batalla que se libra en Cisjordania no es únicamente una cuestión de seguridad para determinados pueblos amenazados. Es una lucha por la tierra, por la permanencia del pueblo palestino sobre ella y por impedir que el proyecto sionista continúe fragmentando el territorio hasta convertir cada comunidad en un enclave aislado rodeado por colonias, carreteras militares y puestos de control.
Jerusalén se encuentra sometida a la misma ofensiva mediante otros instrumentos. Las demoliciones de viviendas, las órdenes de expulsión, las confiscaciones de propiedades, las detenciones y las restricciones impuestas a la población palestina avanzan paralelamente a las continuas incursiones de colonos en la mezquita de Al-Aqsa bajo protección de las fuerzas de ocupación. Reducir esta situación a una disputa religiosa sería ocultar su verdadero carácter. Jerusalén está en el centro de una batalla colonial por la tierra, la identidad y la presencia palestina, y lo que ocurre en Al-Aqsa, Silwan, Sheikh Jarrah y el resto de los barrios palestinos forma parte de la misma estrategia que vemos avanzar en las montañas y pueblos de Cisjordania.
Gaza tampoco está fuera de esta ecuación. Mientras la resistencia palestina ha mantenido hasta ahora sus compromisos con el acuerdo de alto el fuego, las fuerzas sionistas continúan atacando, destruyendo infraestructuras y viviendas y modificando sobre el terreno las líneas de control. Las incursiones, los bombardeos y las restricciones al regreso de las familias muestran que el régimen israelí intenta convertir los resultados del genocidio en una nueva realidad territorial. El alto el fuego no puede transformarse en una cobertura política que permita continuar por otros medios aquello que no pudo imponerse completamente mediante la guerra abierta: vaciar determinadas zonas, impedir el regreso de su población y ampliar el espacio sometido al control militar israelí.
Esta misma lógica alcanza a los territorios palestinos ocupados en 1948. En el Naqab, en Galilea, en el Triángulo y en las ciudades palestinas de la costa, nuestro pueblo continúa enfrentando políticas de confiscación, demolición y reducción de su espacio vital. La población palestina que permaneció sobre su tierra después de 1948 nunca dejó de ser objetivo del proyecto colonial. Su existencia, su identidad nacional y su permanencia........
