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¿Podría un pacto de defensa regional asestar el golpe definitivo al expansionismo de Israel?

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El breve intercambio de disparos entre Israel e Irán primero, y EEUU e Irán después, fue una muestra más fiel del equilibrio de poder que existe actualmente entre estos países que las numerosas afirmaciones espurias de Trump y del primer ministro del régimen israelí Benjamin Netanyahu sobre haber «aplastado», «destruido» o «aniquilado» a las fuerzas armadas de la República Islámica.

Al lanzar hasta 30 misiles contra Israel en represalia por su nuevo bombardeo de Dahiyeh, un suburbio al sur de Beirut, Irán rompió el modelo que Israel había impuesto en los otros dos alto el fuego en el Líbano y Gaza: es decir, que vosotros dejéis de disparar para que nosotros sigamos disparando.

Además, demostró que atacaría el norte de Israel para proteger a un tercer país, el Líbano, lo que también es una novedad.

Al anunciar que el fuego iba a cesar, el mando militar iraní afirmó que, si Israel reanudaba sus ataques en cualquier lugar, incluido el sur del Líbano, «se tomarían medidas mucho más severas y contundentes que antes».

A la República Islámica le ha llevado tiempo considerar las campañas de Israel contra Gaza, el Líbano y ella misma como una sola guerra --que es lo que es--, pero, al fin, se ve obligada a hacerlo. Nadie más lo está haciendo; y menos aún el Gobierno libanés.

Si Irán y Hizbolá logran forzar, entre ambos, siquiera una retirada parcial de las tropas israelíes en el Líbano, habrán sido más eficaces a la hora de garantizar el regreso de sus propios ciudadanos a sus hogares que el presidente prooccidental del Líbano.

Como escribió Amal Saad, una experta en Hizbolá, el acuerdo de alto el fuego firmado por los representantes libaneses con Israel y EEUU pertenece a una categoría de sumisión política con pocos o ningún precedente. «El Líbano, un Estado bajo ataque, firma un documento que condiciona el alto el fuego no a la retirada de la potencia ocupante de su territorio, sino a al exilio de sus propios ciudadanos de su tierra», escribió.

El alto el fuego no se condicionó a una retirada israelí, a la liberación de prisioneros ni al retorno de la población, sino a la retirada de Hizbolá del sur.

No es de extrañar, pues, que Netanyahu y el ministro de Defensa del régimen, Israel Katz, hayan estado proclamando a los cuatro vientos que han ganado en todos los frentes.

Netanyahu afirmó que Israel había demostrado que podía librar una guerra en tres frentes simultáneamente, y que sus fuerzas debían avanzar hasta una línea que ocupara el 70% de Gaza.

Katz se comprometió a llevar a cabo una limpieza étnica masiva del enclave: una «migración voluntaria» a gran escala que Israel pondría en marcha «en el momento oportuno y en el lugar adecuado».

Katz también ha afirmado que el ejército israelí está empleando en el Líbano las mismas tácticas que utilizó en Gaza, donde ciudades enteras quedaron reducidas a escombros.

Tanto Netanyahu como Katz hablan sin ningún temor a incriminarse a sí mismos en el caso de genocidio que aún se encuentra pendiente ante la Corte Internacional de Justicia.

Resistencia obstinada

La actitud desafiante de Irán pone palos en las ruedas. También ha debilitado (supuestamente) la relación de Netanyahu con Trump. La guerra contra Irán fue una idea exclusiva de estos dos hombres, basada en información falsa del Mossad, según la cual la República Islámica era más débil de lo que resultó ser. La obstinada resistencia de Irán que le llevó a ganar la guerra, junto con su capacidad para reconstruir continuamente sus fuerzas de misiles y drones, está ejerciendo ahora una presión considerable sobre esta alianza.

Ambos líderes se enfrentan a elecciones.........

© La Haine