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Cuba y la lógica del depredador

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28.06.2026

Si Cuba colapsara mañana --y el verbo «colapsar» ya no es una hipótesis académica sino una posibilidad clínica--, su epitafio no hablaría únicamente de una nación caribeña. Hablaría de una época. Diría que aquí yace un país que creyó que la moral socialista podía imponerse al poder, que resistió durante más de seis décadas de asfixia programática, y que terminó descubriendo una verdad tan antigua como incómoda: en la política internacional --con excepciones--, la solidaridad suele terminar donde comienzan los costos.

El 19 de junio de 2026 será recordado como algo más que la fecha en que el Gobierno revolucionario cubano presentó 176 medidas económicas. Será la jornada en que una revolución nacida para desafiar el orden hemisférico admitió, de manera implícita pero inequívoca, que la resistencia ya no era suficiente. La autorización de la banca privada, la apertura ampliada al capital extranjero, la progresiva desaparición de subsidios históricos, la dolarización parcial y la transformación del papel del Estado no fueron simples reformas técnicas. Fueron la expresión de una realidad más profunda. La presión económica acumulada durante décadas había terminado por modificar aquello que ni invasiones, ni sabotajes, ni aislamiento diplomático habían conseguido transformar. Pero lo verdaderamente revelador no fue la magnitud de las reformas. Fue el silencio que las acompañó.

Mientras Cuba desmontaba parte de la arquitectura económica construida desde 1959, el mundo siguió adelante. Moscú tenía otras prioridades. Beijing realizaba sus propios cálculos. Bruselas observaba desde la distancia derechista. América Latina emitía declaraciones. Nadie parecía dispuesto a asumir el costo de impedir el deterioro de la isla. Y ahí comienza la verdadera historia, la que no se escribe en los tratados ni se negocia en las cumbres. No existe ningún documento firmado sobre Cuba. Ninguna potencia se reunió en un balneario para decidir su destino.

Sin embargo, los hechos sugieren algo igualmente poderoso, una convergencia de intereses. EEUU considera al Caribe una zona estratégica irrenunciable. Rusia tiene prioridades existenciales en Europa. China no está dispuesta a arriesgar su relación económica con Washington por una isla sin peso decisivo en el comercio global. Ninguno necesita acordar nada con los otros. Les basta con llegar a la misma conclusión. Así funciona la Yalta invisible del siglo XXI: no con tinta, sino con silencio; no con firmas, sino con abstenciones; no con acuerdos explícitos, sino con cálculos paralelos que convergen en el mismo resultado. Cuba se queda sola y nadie dice nada.

Esa Yalta sin protocolo es la verdadera arquitectura del poder contemporáneo. Ya no se trata de esferas de influencia delimitadas con mapas y garabatos de estadistas, sino de una geopolítica de la indiferencia calculada, donde cada actor optimiza sus beneficios y externaliza sus costos. El Caribe se convierte, así, en una zona de sacrificio consensuada tácitamente: Washington ejerce la presión, Moscú se retira sin ruido, Pekín no interviene, y Europa observa con la distancia que le permite su dependencia atlántica. No hay traición, porque no hubo promesa; no hay abandono, porque no hubo compromiso formal. Hay, simplemente, una aritmética que ningún principio logra contrarrestar. Y esa aritmética, en política internacional, casi siempre gana.

Pero la Yalta invisible no actúa sola. Requiere de un mecanismo operativo que la haga efectiva, y ese mecanismo es el bloqueo, entendido no como una reliquia de la Guerra Fría sino como una tecnología de poder perfeccionada hasta la brutalidad. Lo que ocurre en Cuba no es una crisis económica. Es un estrangulamiento deliberado, meticuloso, sostenido durante sesenta y seis años, y agudizado hasta la tortura en los últimos dieciocho meses. El bloqueo estadounidense contra Cuba es el más largo de la historia, pero el de 2026 no es el bloqueo de los años sesenta. Ahora es algo cualitativamente distinto, es el bloqueo de las sanciones secundarias, esa arma jurídica totalmente ilegal que permite a Washington castigar no solo a Cuba, sino a cualquier país, empresa o banco del mundo que comercie con la isla.

La Ley Helms-Burton, promulgada en 1996, y la Orden Ejecutiva 14404, firmada por Trump en mayo de 2026, han convertido al dólar en una trampa. Ningún banco europeo quiere procesar una transacción cubana y arriesgarse a perder su corresponsalía en Nueva York. Ninguna naviera asiática quiere atracar en La Habana y tener sus buques prohibidos en puertos estadounidenses por ciento ochenta días. Ninguna multinacional quiere invertir en la isla y enfrentarse a demandas bajo el Título III de la Helms-Burton. El resultado es lo que los especialistas llaman........

© La Haine