Papeles para todos
Asistimos los españoles estos días, más perplejos que otra cosa, a las colas enormes de inmigrantes ilegales que acuden a las ventanillas de las administraciones y entidades que participan en el proceso de «regularización» puesto en marcha por el Gobierno. El paisanaje que uno observa a través de los medios de comunicación (para las televisiones, es un espectáculo de gran audiencia) nos hace pensar en grandes tardes de gloria para nuestra nación en el futuro. Porque, no nos engañemos, si todas esas personas hubiesen querido entrar legalmente en España, lo habrían podido hacer perfectamente; que no lo hayan hecho hasta ahora, nos da un poquito la medida de lo que son. Por supuesto, con las excepciones que siempre hay en todo colectivo humano.
A Sánchez le interesa muchísimo legalizar a delincuentes en la completa certidumbre de que ese es un potencial nicho de voto socialista. Siempre lo ha sido, de hecho. En la democracia liberal de partidos, por suerte o por desgracia, vale lo mismo el sufragio de un Doctor en Filosofía que el de un tipo que, es un decir, disparó un día a unos transeúntes que le miraron mal. No hay votos «de calidad» en el sufragio colectivo, sino que es universal porque todos valen lo mismo. Al PSOE, siempre le ha venido de perlas el voto delincuencial, quizá por aquello de que la cabra tira al monte y porque ha tenido no menos de media docena de secretarios generales de ese oficio a lo largo de su historia criminal.
Los medios económicos y humanos que se están destinando estos días a atender a los miles de inmigrantes que acuden para recibir el maná de los servicios públicos en forma de papelorio no es nada para lo que España tendrá que asumir en los próximos meses. Si hasta ahora le daban a usted, querido lector, un tiempo de espera en una cita sanitaria de aproximadamente 3-4 meses en una gran ciudad como Madrid o Barcelona, vaya pensando en hacerse un seguro privado de salud, o bien soportar plazos de espera de más de medio año, casi con total seguridad. Porque la «regularización» de ilegales cacareada por Sánchez y sus socios podemitas, obviamente, no va acompañada de medidas para reforzar lo que queda de Estado de Bienestar; para eso, tendría que importarles el bien común de los españoles, y no es el caso.
El socialismo progre de nuestro tiempo consiste en saltarse las leyes vigentes y el sentido común, y tomar este tipo de medidas populistas, demagógicas y globalistas sin hacer antes la más ínfima planificación al respecto. ¿Cómo esperar que refuercen el Estado de Bienestar quienes se han estado bebiendo el dinero de todos en bares de alterne y en fiestas con polvitos blancos? No. Sánchez no quiere ampliar a los inmigrantes ilegales los derechos que alguna vez tuvimos (y pudimos ejercer) los españoles; Sánchez quiere reventar el Estado por dentro aprovechando las consecuencias de una agenda globalista y masónica que prevé una invasión progresiva de todas las naciones europeas, incluida por supuesto España.
Qué pensarán las familias españolas que no pueden llegar a final de mes; qué pensarán los autónomos, eternamente esquilmados por las administraciones y por los partidos; qué pensarán todos aquellos que pagan religiosamente sus impuestos, a pesar de que han visto cómo la juventud se les ha marchado, y no han logrado hacer realidad su sueño de ganarse bien la vida; qué pensarán también, por qué no decirlo, los inmigrantes que vinieron a España para ganarse honradamente el pan, y que tuvieron que entrar cumpliendo las leyes vigentes, aunque eso supusiera pasar por la puerta estrecha. Qué pensarán, qué pensaremos todos, al ver este nuevo atropello, esta sinrazón, esta demagogia barata convertida en hoja de ruta permanente para este Gobierno ilegítimo.
Solamente VOX, con su brutal sentido común como principal estrategia política, ha establecido en Extremadura el criterio de la prioridad nacional en el acceso a las ayudas y servicios públicos, y por pura lógica tendrá que llevarlo también al Congreso de los Diputados para que alumbre las leyes de la próxima legislatura, ojalá que ya sin la lacra socialista en el poder. Es una apuesta ganadora. Cuando las ideologías se derrumban (y pocas veces han estado más enmerdadas que ahora), lo que queda es el puro sentido común y la salvaguarda del interés general. Costará mucho revertir este inmenso tsunami de arbitrariedad y de estulticia; pero no tenemos la menor duda de que España saldrá también de este desastre en el que la hemos metido entre todos.
