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Golpes y piojos

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Es ya una tradición en la política democratista-partidista española que, cuando comienza una campaña o precampaña electoral, acuden masivamente a los mítines de los candidatos de VOX hordas de malolientes, de distinta familia y casi siempre sin padre conocido, para tratar de reventar los discursos de esta formación. Pasó este jueves en Granada, en la plaza donde Santiago Abascal, Manuel Gavira y otros candidatos regionales a las elecciones andaluzas estuvieron dirigiéndose a una multitud de patriotas. Porque ese es, de fondo, el gran drama que vive hoy la izquierda del piojo y la rasta: su certidumbre total de que han perdido la batalla de las ideas.

Acostumbrados, como están y han venido estando, a que las fuerzas del orden público compadreen con ellos (siempre siguiendo instrucciones políticas de las respectivas delegaciones del Gobierno de Sánchez), estos grupos de piojosos que se hacen llamar «antifascistas» tratan de ubicarse lo más cerca posible del escenario donde está previsto el acto público de VOX para, desde allí, intentar amedrentar o agredir a sus simpatizantes. Es, en realidad, el concepto que la izquierda ha tenido siempre de la democracia, como bien expresó el genocida en potencia Largo Caballero en el Cine Europa de Madrid, en 1933: “La democracia es incompatible con el socialismo. Si triunfan las derechas, tendremos que ir a la guerra civil declarada”. Y vaya si nos llevaron a ella.

La naturaleza totalitaria del socialismo no se ve solamente en el hecho de que traten siempre de destrozar las instituciones democráticas para perpetuarse en el poder, como los tiranos que en realidad desean ser. Tampoco solamente en que, cuando detentan el poder, se gasten el dinero público en orgías con drogas y poligoneras en vez de mejorar las infraestructuras públicas. Se ve, ante todo y principalmente, en el uso permanente de la violencia contra sus adversarios, a los que además tachan sin sonrojo de «fascistas». Así lo han venido haciendo siempre, en todo tiempo y lugar, y lo más probable es que continúen en la misma línea, porque otra cosa no saben.

Abascal, en esto como en otras cosas, responde de una manera muy distinta al resto de líderes políticos cuando una chusma indecente se atreve a amenazar a los seguidores de su partido. Este jueves en Granada, como la famosa tarde de Vallecas, como en tantas otras ciudades donde se ha repetido el mismo esquema violento y totalitario de los caseros de las liendres. El líder de VOX avisa primero a los agentes del orden público para que desalojen a los violentos; si en un plazo razonable no lo hacen, él mismo encabeza una marcha hacia la grey frentepopulista para que retrocedan, exactamente igual que lo hicieron en 1936 y, en realidad, siempre que se les ha plantado cara de forma decidida. La izquierda es, sobre todo, cobarde por naturaleza cuando uno impone la razón y la verdad a sus aspavientos.

Solamente hay una cosa que podría haber asustado a los patriotas, que es el hedor que normalmente desprenden unos cuerpos tan alérgicos al jabón como a la inteligencia. Pero ni eso, oiga. Abascal, los candidatos, sus colaboradores, unos pocos periodistas dignos de ese título y algunos afiliados con más testosterona que don Pelayo se fueron hacia los nietos políticos de la Pasionaria y de Carrillo para dejarles claro que el eslogan de «sin miedo a nada ni a nadie» no hace excepciones. Y que cuando se dice «ni un paso atrás», es «ni uno solo». Ni para coger impulso, como dicen los más castizos.

Más allá del gesto viril y de la más que acreditada valentía de los patriotas, produce muchísima vergüenza ajena, y una profunda indignación, ver en qué manos políticas están nuestros agentes del orden público. Manipulados, abandonados, convertidos prácticamente en una guardia revolucionaria al servicio del PSOE y del tirano de La Moncloa, permitiendo que la kale borroka socialcomunista campe a sus anchas por todos los rincones de España. Confirmando una vez más lo que ya sabemos: que solamente tienen la violencia, y aún así, jamás conseguirán derrotarnos. Nunca.


© La Gaceta