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Muertos en órbita

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24.01.2026

Junto a una de las carreteras que salen de mi pueblo, apenas visible tras las copas de los cipreses, se levanta el cementerio. La tapia, como un sudario de piedra, se extiende con la blancura precisa. En el pórtico de sillares resiste una placa desgastada: «Aquí del cuerpo el fin mísero veis. El destino del alma será, ¡oh, mortales!, cual en vida obréis». A la espalda de la parte antigua hubo que construir una ampliación, pues los muertos, en lugar de relevarse como los vivos, se acumulan, y es el suyo el único censo que no deja de crecer. Al ensanche, como a todo lo construido a partir de cierta época, le falta óxido y belleza. Es útil, aseado, gélido. Máquinas para habitar la muerte, que diría Le Corbusier.

Al cruzar desde la parte vieja, la nueva se antoja no sólo insípida, sino también sintomática, sobre todo si uno se fija en el plano. Allí se advierte la marca, esa línea oscura que en los troncos........

© La Gaceta