Achique de espacios
Toda la vida escribiendo unas columnas neoyorquinas a lo Fran Lebowitz en el ABC para acabar enfrentada a Sara Santaolalla. Diríamos que es un triste destino el de Rosa Belmonte, pero en España a esto se le llama triunfar.
Santaolalla venía de llamarle tuerto a Esparza, y se sintió atacada por el «mitad tonta, mitad tetas» de la Belmonte, que nunca habla por hablar, salta de cita en cita como en una rayuela, y recurría a una frase de La maravillosa señora Maisel. En algún momento pudo pensarse que el ingenio hollywoodense concedería bula antifascista, pero esto es otro mundo y da igual que lo diga la señora Maisel que la Hierbas de La Que se Avecina y Santaolalla fue elevada por la jauría a la condición de víctima –a la cola las de Adamuz y por supuesto los gais apaleados por Youssef— llegándose a hablar de «violencia mediática» contra ella. Quizás fuera por producirse en El Hormiguero, obsesión del Sanchismo (la extrema derecha para ellos empieza en Trancas y Barrancas), o por coincidir en el tiempo sospechosamente con la retirada un poco por silencio administrativo de la condición de víctima a Elisa Mouliaá, la de Errejón, que fue poniendo a prueba el «hermana, yo sí te creo» hasta quedarse sola. Técnicamente, el feminismo tendría que estar con ella. Pero no. Y hemos visto que cuando una mujer es abandonada por sus hermanas, solo puede contar con el «karma divino».
La Belmonte (otra murciana para nuestra colección) ha sido acusada de «bochornoso ataque machista», pero es verdad, como dice, que no lo pensó. Funciona ahí un resorte casi biológico. Se publicó en EE.UU hace no mucho un estudio que demostraba que a mayor tamaño del pecho, mayor probabilidad de sufrir abuso verbal, críticas o escarnio por otras mujeres. Sería el efecto Sofía Loren, por la foto legendaria en la que mira de reojo, con rabillo de censura, el escotazo de Jayne Mansfield. Daba igual que la Loren fuera ella misma descocada, la mayor opulencia de Mansfield la convertía en objetivo y el estudio era muy claro al respecto: no importaban elevación, firmeza o turgencia, solo el tamaño o, en los versos inmortales del gran Esteso: Santaolalla es pechugonaTié dos cántaros por pechos y quien ha puesto esas tetas en TVE se está refugiando tras ellas. No olvidemos que fue un socialista el que dijo «Me merezco unas tetas más grandes».
En las últimas décadas, el poder político y cultural ha podido medirse por la capacidad para investir víctimas, y a la izquierda ahí no le gana nadie. Son muchos años de maquinaria engrasada, e igual que Peyró y su editorial corrieron a anunciar una edición preventiva de su libro sobre Julio Iglesias o Pérez Reverte le tuvo que decir a Alatriste que reagendara, Rosa Belmonte salió a ofrecer disculpas: «A quien haya ofendido», pero funciona aquí el achique de espacios, metro que concedes, metro que no vuelves a tener, y no fue suficiente para Sara, que no citada en la ofensa quería serlo en la disculpa. «Tengo nombre, apellidos… y dignidad». Sara con h, por cierto. Si usted piensa que es para enloquecer, añádale a María Patiño, de Carnicerías Patiño de toda la vida, sermoneando a la Belmonte, tantos años indulgente crítica de televisión, sobre «conocimiento del mensaje». La ironía deja tiritando.
