Quentin
El periodista económico Lorenzo Ramírez cita a Hannah Arendt para explicar nuestro tiempo en su magnífico libro El diablo está entre nosotros. La filósofa nos recuerda que la mentira política constante no busca que la gente crea una mentira, sino lograr que nadie crea en nada, destruyendo así la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso. Anulando, por tanto, el juicio crítico.
Por eso, desde hace décadas vivimos en una especie de pinball que nos reproyecta constantemente de operación psicológica a ataque de falsa bandera; de teoría de la conspiración con sus correspondientes memes a su demostración empírica e incontestable en un lapso de tiempo cada vez menor. Por eso, por lo que expone Arendt, nuestros gobernantes se permiten de cuando en cuando hablar a calzón quitado de reemplazos y otras «agendas».
Hace escasos días fue asesinado en Francia Quentin D., joven de 23 años que se encontraba acompañando a manifestantes del colectivo Némesis, un grupo feminista con raíces identitarias de la derecha francesa. La convocatoria tenía lugar en las inmediaciones de Science Po Lyon, donde Rima Hassan, eurodiputada de La France Insoumise (extrema izquierda), pronunciaba una conferencia. Quentin, vinculado a entornos de Action Française y Audace Lyon, fue víctima de una brutal paliza que le causó la muerte. Desde el Elíseo, el ministro de Justicia Gérald Darmanin —caución conservadora de Macron— y el del Interior, Laurent Núñez, han responsabilizado públicamente a la ultraizquierda y grupos antifascistas por el homicidio. También han cantado bingo señalando el clima de violencia alentado por discursos políticos polarizados. El chico de los recados de los Rothschild, por su parte, ha pedido «calma, mesura y respeto». Así como la necesidad de que se identifique y castigue a los responsables.
Horas antes de los hechos, un editorial español independiente se hacía eco de la situación al borde del colapso social del país vecino, con motivo de la publicación de una encuesta sobre la confianza política. El sondeo refleja lo que todos pensamos —también aquí— y los tertulianos no dicen: empobrecimiento e inflación, desconfianza mayoritaria hacia la Unión Europea, oposición frontal a la inmigración, rechazo a los ardores guerreros del pequeño Napoleón en Ucrania, pérdida de credibilidad de las instituciones y profunda desconfianza sanitaria tras la gestión del coronavirus. Además, el 47% declara que sintió vergüenza ajena del cosplay de patrullero de Nuevo México macronita en Davos.
Los datos más novedosos revelan que las élites han perdido el control del discurso. Los franceses repudian en masa los medios de comunicación convencionales, que perciben tan corruptos como sus «amos», y prácticamente la totalidad de la población se nutre de canales de información alternativos. Ensemble, la coalición presidencial que incluye Renaissance, el partido de Macron, cuenta con una estimación de voto del 13%. El editorial español finalizaba con una gran pregunta: ¿qué harán las elites para mantenerse en el poder?
Uno de esos medios de reinformación franceses apuntaba una posible respuesta analizando el caso Quentin. No sólo advertía de la instrumentación política del asesinato a manos de «antifas» cercanos a Mélenchon (LFI), algo que todos damos por hecho. El analista hablaba, además, de instigación. Algunos en las redes sociales también lo ven claro. Dar muerte a un militante católico no violento con historial limpio podría servir para excitar a los identitarios contra los izquierdistas, alimentando el caos y el terror y provocando un giro securitario en el electorado hacia el partido del centro. Los «extremos» que pretenden fracturar acaparan, hoy por hoy, dos tercios del voto.
Quizá por eso, Ramírez habla también, en general, de cautela ante determinadas provocaciones. La reacción suele ser hábilmente utilizada para instaurar nuevas medidas liberticidas y de control. Un comunicado de Audace Lyon lo ve de la misma manera. Sabe que el centro derecha, lejos de hacer justicia, utilizará el caso para legislar contra ellos y para su recuperación electoral.
Pero también saben que ser es defenderse.
