Ay de lo nuestro
Decíamos ayer que la geopolítica no es lo mío. Sigo pensando lo mismo. Sería ridículo y poco respetuoso que yo hiciese análisis de la intervención militar en Irán. Además, ya los hacen otros que saben más y mejor. Mi sensación es que Pedro Sánchez no es de esos. Y, sin embargo, está chupando foco a cuenta de sus análisis del conflicto. De eso sí sabe.
Lo que yo alcanzo a ver es una situación internacional complejísima, en la que el régimen de los ayatolás financia grupos terroristas minuciosamente espolvoreados por el mundo mientras amenaza con hacerse con armas nucleares. También financia partidos políticos antisistema en los países occidentales. Internamente, es una tiranía que persigue a las mujeres que no se dejan someter y ahorca a los homosexuales. Tiene un abultado historial de víctimas.
Ignoro, como digo, si había otra manera de pararle los pies y tratar de tambalear el régimen, pero sí sé que Pedro Sánchez, buscando la foto y el voto interno de los suyos, algo desmovilizados, se mete donde no sabe, y, sobre todo, en contra del interés de España. Ay de lo nuestro.
Nada le impedía mantener un perfil bajo, salvo su vanidad y su oportunismo de consumo interno. Ahora, levantándole la voz a Estados Unidos vuelve a proyectar al mundo la imagen de un aliado poco previsible. Estas deslealtades, que no son más que numeritos, se pagan con números rojos. Nuestro país no está para pagar nada: con muchos problemas de política territorial y un vecino al sur que es un polvorín que goza de excelentes relaciones, por cierto, con Washington y con Tel-Avid. La torpeza es manifiesta.
Y todo ¿para qué? Para alinearnos con los ayatolás, nada menos, o sea con el machismo rampante, el fundamentalismo religioso y la homofobia feroz. De paso, el gesto hace de recordatorio mundial de que si el presidente hubiese podido hacer algo por ayudar a Nicolás Maduro lo habría hecho: sólo que la base de Rota en esa ocasión no pillaba de paso.
En resumen, la posición de Sánchez ni ayuda a la paz de Oriente Medio, donde es irrelevante, ni mejora la imagen democrática de España, ni contribuye a reforzar nuestra posición frente a los riesgos reales que sí nos acechan. Hay que preguntarse, entonces, por el móvil. Los palmeros que aún le quedan al Gobierno dirán que es una defensa muy digna del Derecho Internacional. Pero aquí la dignidad cae por su propio sobrepeso. ¿Qué Derecho Internacional es ése que ampara la soberanía de un país que encarcela a la oposición y la tortura, sea Irán o Venezuela? En un mundo tan complejo, hay que escoger mejor las batallas por la dignidad que uno da. Lo ideal es que sean eficaces, pero lo mínimo exigible es que no resulten contraproducentes.
La primera preocupación de un presidente de Gobierno debería ser la continuidad, la seguridad y la prosperidad de la nación. Con estas tomas de postura de Pedro Sánchez no se trabaja en esa línea, por decirlo del modo más geométrico posible. Más bien trabaja en dirección contraria. Llueve sobre mojado. Son muchos los gestos, las medidas, las ayudas, los reconocimientos, las cesiones, las extrañas operaciones diplomáticas y los compromisos internacionales que nos hacen preguntarnos qué intereses persigue nuestro presidente en realidad. ¿A quién sirve? O —si nos queremos poner técnicos— Cui prodest?, como nos aconsejan preguntarnos en todas las novelas policíacas. A estas alturas, parece más un tema de policía que de política. La respuesta nos daría la clave para entender lo que nos ha pasado y sigue pasando. ¿Por qué Pedro Sánchez siempre toma la postura que menos ayuda a España?
