El «h-odio» que conviene señalar
A Begoña Villacís le hicieron un escrache en la pradera de San Isidro embarazada de nueve meses. A Cristina Cifuentes la rodearon e insultaron unos manifestantes hasta que consiguió refugiarse en un restaurante cercano. A Rita Barberá la persiguieron hasta la saciedad. A Rocío de Meer le abrieron una ceja durante un mitin convocado en Sestao. Nada de aquello fue considerado violencia política.
Lo de Sarah Santaolalla, sí. ¿No resulta evidente al ver las imágenes? En ese vídeo aparece el «violento fascista» Vito Quiles, micrófono en la mano izquierda y móvil en la derecha a modo de cámara, frente a un grupo de una decena de personas que hacían de parapeto a la activista. ¿No han visto cómo la agrede? ¡Negacionistas! ¡Miopes! ¡Están ustedes locos! En unos días en los que todos parecen tener un móvil a mano y prácticamente todo queda grabado, lo único que parece faltar en este vídeo es la agresión de la que se habla. Una «agresión» que ha dado para tertulias, debates, iniciativas parlamentarias y hasta una nueva herramienta gubernamental.
El auto judicial sostiene que no hubo agresión de Quiles y el informe del médico forense, que Santaolalla no sufrió lesiones. No obstante, la activista se ha dejado ver con un cabestrillo verde fosforito que no pasa desapercibido. ¿Un bulo? Rotundamente, sí. Un bulo elevado a asunto de Estado. Santaolalla, Sánchez y el bulo nuestro de cada día. Pero, en la política, los hechos casi nunca cambian tanto como los criterios con los que se juzgan. El Ministerio del Interior ha movilizado a cuatro agentes para garantizar su protección. Por muchas urgencias presupuestarias que haya en España, ésta parecía más importante. El dinero público está reservado precisamente para esto, para cosas no urgentes pero sí necesariamente muy sectarias. Si existiera un DOGE español, desde luego este sería uno de los primeros gastos que habría que eliminar.
El PSOE llevará al Pleno del Congreso de la próxima semana una iniciativa contra el acoso a periodistas de izquierdas y en defensa de la libertad de expresión. Blindar a los suyos y silenciar a los contrarios. En paralelo, llega «HODIO». ‘Spoiler’: un nuevo chiringuito en el que colocar a amigos y afines con cargo al erario público. Una especie de sicario contra la discrepancia y la información incómoda. Pura distorsión de la realidad. La razón de este invento es que la izquierda ha perdido por completo la simpatía de las redes sociales. El voto joven ya no se inclina hacia la izquierda, sino que se aleja y parece dirigirse mayoritariamente a VOX. Jóvenes que anteriormente confiarían en las siglas de un determinado espectro político movidos por determinados discursos sobre la mujer, la vivienda o la inmigración. De hecho, los estudios sociológicos publicados recientemente, muestran cómo esas nuevas generaciones dan la espalda a las fuerzas autodenominadas progresistas. Y cuando un partido político pierde la batalla cultural, ante la ausencia de ideas y propuestas, se impone la regulación, los observatorios y sistemas de monitorización. Una excusa perfecta para acallar y censurar. Parecen cosas evidentes, pero decirlas (o recordarlas) se ha convertido en un verdadero acto de rebeldía y extrema necesidad.
Si se admiten propuestas, las redes sociales ya han señalado que Óscar Puente sería un candidato digno de ser examinado por este «odiómetro». También podría incluirse a la propia Sarah Santaolalla, que defendió a unos abertzales que habían herido a varios agentes de policía y a un periodista. Es un instrumento del sanchismo copiado a Maduro y al kirchnerismo que medirá la llamada «Huella de Odio y Polarización» en internet y cuyos resultados serán públicos. Unas redes sociales que, libremente, han decidido salir en masa contra un Pedro Sánchez desnortado que para grabarse un vídeo de TikTok ha blindado Fuenlabrada alejando a posibles «haters». Nada más real que lo construido digitalmente. Parece que todo en este Gobierno es mentira o corrupción. Y así es cómo la ficción que construyó Orwell en ‘1984’ ha llegado a nuestros días.
Preguntar a Sánchez qué es odio sería lo mismo que preguntar a una defensora de la ley «trans» qué significa ser mujer cuando lo biológico deja de importar. Una mentalidad obtusa y sectaria ante una legislatura que parece estar agotada. El mismo presidente que levantó un muro en su sesión de investidura y que, ahora, da la impresión de no saber ya cómo aguantar hasta 2027. Por eso el «h-odio». Vigilar lo que la gente diga y castigar a quien no opine lo que convenga. En muchos lugares eso tiene un nombre. Pero el odio que más preocupa a Sánchez no es el que existe, es el que le conviene señalar.
