El eterno retorno del Imperio: Martí, Cuba y la persistencia de la lógica imperial en América Latina
“Los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas”. [5]
—José Martí, Nuestra América
La historia de Cuba no se deja leer como una secuencia apaciguada de hechos concluidos, sino como el combate incesante entre la voluntad de soberanía de un pueblo y la persistencia de un poder imperial que muda de rostro, de vocabulario y de método, pero no de codicia. Cada vez que esa dominación procura vestirse de tutela benévola, de modernización inevitable o de garantía de la estabilidad, vuelve a oírse la advertencia de José Martí. Cuando escribió que había vivido en el “monstruo” y que le conocía “las entrañas”, no legó solo una imagen fulgurante: puso nombre a una estructura histórica, a una fuerza expansionista dispuesta a trocar la independencia formal por la dependencia real [1]. Por eso, el conflicto entre Cuba y Estados Unidos no pertenece únicamente al pasado; sigue latiendo como una continuidad que, una y otra vez, devuelve el eterno retorno del Imperio.
La relación de Estados Unidos con Cuba no fue una anomalía circunstancial ni un simple episodio del pasado, sino la manifestación duradera de una lógica imperial que José Martí identificó tempranamente y que reaparece en nuevas formas. La Enmienda Platt, las ocupaciones militares, la presión diplomática, el control económico y las sucesivas doctrinas de seguridad hemisférica obedecieron a una misma concepción geopolítica: la idea de que Cuba y América Latina debían permanecer en la órbita estratégica de Washington. Frente a esa pretensión, Martí no solo organizó una guerra de independencia contra España, sino que también trató de impedir que el triunfo cubano fuera secuestrado por un poder emergente que ya codiciaba las Antillas como pieza decisiva de su expansión continental. Volver hoy sobre ese pensamiento no es un ejercicio académico: es una necesidad política.
La república bajo tutela: la Enmienda Platt como programa imperial
La Enmienda Platt fue el mecanismo jurídico mediante el cual Estados Unidos vació de contenido la naciente soberanía cubana. Impuesta en 1901 como condición para poner fin a la ocupación militar iniciada tras la guerra hispano-estadounidense, la independencia de la isla se convirtió en una intervención. Su función no fue simplemente establecer una alianza desigual, sino legitimar el derecho de Washington a inmiscuirse en la política interna cubana, supervisar sus decisiones estratégicas y reservarse enclaves militares que garantizaban una presencia permanente en el territorio nacional [2][3].
Su origen revela con claridad la verdadera relación de fuerzas. Redactada por el senador Orville H. Platt y aprobada por el Congreso estadounidense en marzo de 1901, fue incorporada a la Constitución cubana bajo la presión del gobernador militar Leonard Wood. La Asamblea Constituyente no deliberó en libertad: aceptó el texto ante la amenaza de prolongar indefinidamente la ocupación [2][3]. La república, por tanto, nació bajo condición. No se proclamó la dominación como conquista abierta, sino como cláusula legal; no se mostró con el rostro desnudo de la fuerza, sino con el ademán sobrio de la norma. Ese es uno de los rasgos más persistentes del imperialismo: pedir obediencia en nombre del orden, presentarse como árbitro y hacer pasar por responsabilidad lo que no es sino tutela sobre los destinos ajenos.
Las consecuencias fueron inmediatas y duraderas. La Enmienda Platt autorizó intervenciones militares, subordinó la política exterior cubana y consagró una forma de protectorado encubierto. Lo que se proclamaba como independencia quedó sujeto a la autorización del poder vecino. No es casualidad que muchos patriotas vieran en ella una traición al sacrificio de la guerra independentista: después de décadas de lucha contra el coloniaje español, Cuba corría el riesgo de pasar de una dominación agotada a otra moderna, más eficaz y difícil de desmontar.
La resistencia a esa imposición existió y contó con voces de gran lucidez. Manuel Sanguily, entre otros delegados, denunció que aceptar la Enmienda equivalía a mutilar la soberanía antes incluso de ejercerla [13][16]. Su oposición fue legal, política y moral: advirtió que ninguna república podía consolidarse si su Constitución contenía el principio de la intervención extranjera. En esa crítica temprana se condensaba una verdad histórica que luego confirmaría el siglo XX: el imperialismo no solo ocupa territorios, sino que también disciplina élites, deforma instituciones y enseña a aceptar la subordinación como si fuera realismo político.
De la fruta madura al Big Stick: la continuidad de una doctrina
Mucho antes de la Enmienda Platt, la dirigencia........
