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23 de Agosto. Cuando la oscurana se hizo claridad en Nicaragua

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26.08.2026

Nicaragua, 46 años después de aquella hermosa batalla, la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización 

Entre finales de marzo y agosto de 1980, cuando comenzaba a caer la noche en cualquier comunidad de Nicaragua, una pequeña lámpara iluminaba una mesa alrededor de la cual se sentaban un joven alfabetizador y varias personas que apenas empezaban a reconocer las letras. No había grandes aulas ni pupitres. Muchas veces tampoco había electricidad. Había una cartilla, un lápiz, una tiza, una pizarra, una lámpara, paciencia y, sobre todo, el deseo de aprender y enseñar. En aquellas noches sencillas, en medio de la pobreza y de las dificultades de una Nicaragua que acababa de salir de una larga dictadura, comenzó a escribirse una de las páginas más hermosas de la Revolución Sandinista.

Aquella escena se repetía una y otra vez por todo el país. En casas campesinas, bajo los árboles, junto a los caminos y en las montañas, Nicaragua entera se había convertido en una escuela. Miles de jóvenes habían dejado temporalmente sus hogares y sus familias para internarse en una Nicaragua que muchos apenas conocían. Iban cargados con una cartilla y unos pocos materiales, pero llevaban consigo algo mucho más importante: la convicción de que la Revolución que había triunfado el 19 de julio de 1979 no podía limitarse a haber derrotado a la dictadura. La victoria tenía que llegar hasta las comunidades más apartadas, hasta las familias campesinas, hasta quienes durante décadas habían permanecido al margen de la educación y de las oportunidades.

Hacía apenas ocho meses que el pueblo nicaragüense había derribado a la dictadura somocista, una dictadura familiar que durante más de cuatro décadas había mantenido el poder mediante la represión, la desigualdad y la exclusión. El 19 de julio había abierto una enorme esperanza, pero la Revolución recibía un país profundamente herido. La guerra contra Somoza había dejado miles de muertos, familias destruidas y comunidades devastadas. La pobreza era especialmente dura en las zonas rurales, donde durante generaciones habían faltado escuelas, maestros, asistencia sanitaria, caminos, electricidad, agua potable y muchas de las condiciones básicas para desarrollar una vida digna.

El analfabetismo era una de las expresiones más visibles de aquella realidad. El régimen somocista había dejado una tasa nacional del 50,3 %, mientras que en algunos departamentos la situación era todavía mucho más dramática: en Río San Juan, por ejemplo, alcanzaba el 96,32 %. Aquella cifra permite comprender mejor lo que significaba que un joven llegara a una comunidad con una cartilla en las manos. No se encontraba simplemente ante una persona que desconocía las letras. Se encontraba ante las consecuencias de décadas de abandono.

Por eso, para la Revolución Sandinista, transformar Nicaragua no significaba únicamente cambiar las estructuras políticas. Había que reconstruir un país devastado y, al mismo tiempo, comenzar a construir una sociedad diferente. Había que atender la salud, impulsar la educación, mejorar las condiciones de vida, llevar servicios a las comunidades y devolver a millones de personas algo que durante demasiado tiempo les había sido negado: el derecho a aprender.

Y así comenzó una de las mayores epopeyas educativas de la historia de Nicaragua.

Una revolución que también tenía que enseñar

Carlos Fonseca Amador había dejado una consigna que resumía una parte esencial de aquella concepción revolucionaria: “Y también enséñenles a leer y escribir”. Aquellas palabras, pronunciadas años antes en medio de la lucha revolucionaria, adquirían ahora una dimensión concreta. La Revolución había triunfado y había llegado el momento de convertir aquella orientación en una realidad que alcanzara hasta el último rincón del país.

No se podía esperar a construir una red educativa perfecta para comenzar. Había que actuar inmediatamente. La pobreza no podía esperar y la ignorancia tampoco. Por eso, el 23 de marzo de 1980, apenas ocho meses después del triunfo revolucionario, comenzó oficialmente la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización “Héroes y Mártires por la Liberación de Nicaragua”.

La decisión tenía además una enorme dimensión material. Nicaragua heredaba una economía profundamente deteriorada. La Cruzada supuso un esfuerzo extraordinario para un país empobrecido: según datos del Ministerio de Educación recogidos posteriormente por la UNAN-Managua, el coste de aquella campaña rondó los 20 millones de dólares de la época. No había abundancia de recursos. Había voluntad política, organización popular y una convicción: la Alfabetización era urgente.

Miles de jóvenes se pusieron en camino hacia las comunidades rurales. Algunos procedían de Managua y de otras ciudades y nunca habían vivido durante meses en una comunidad campesina. Otros tampoco conocían las montañas, los caminos interminables, las largas jornadas de trabajo agrícola, la falta de electricidad o las dificultades cotidianas de aquellas familias. Muchos iban a descubrir por primera vez una parte de Nicaragua que había permanecido prácticamente invisible para quienes vivían en las ciudades.

El analfabetismo la consecuencia de una sociedad que durante décadas había negado a buena parte de su población el derecho a aprender. Enseñar a leer significaba mucho más que aprender el abecedario. Significaba poder escribir un nombre, comprender una carta, leer un periódico, interpretar un documento, realizar una gestión y dejar de depender de otra persona para acceder a una palabra escrita.

Significaba abrir una puerta que había permanecido cerrada durante generaciones.

La Cruzada tampoco fue concebida como una enseñanza mecánica. La coordinación estudió experiencias de alfabetización desarrolladas en países como Cuba, Mozambique, Guinea-Bissau y Cabo Verde y consultó a especialistas como Paulo Freire, el célebre pedagogo brasileño y autor de Pedagogía del oprimido. La experiencia nicaragüense recibió así aportaciones internacionales, pero desarrolló también sus propios métodos y materiales a partir de la realidad del país.

La cartilla no pretendía solamente enseñar letras. Pretendía que quien aprendía pudiera leer también su propia realidad. Porque aprender a leer era comenzar a descubrir que el mundo podía comprenderse y que, una vez comprendido, también podía transformarse. UNESCO destaca precisamente que aquella experiencia permitió a miles de jóvenes de las ciudades descubrir la otra mitad del país y conocer de cerca las condiciones de pobreza y marginación heredadas de décadas de dictadura.

La Nicaragua que esperaba a los alfabetizadores

Cuando aquellos jóvenes salieron hacia las montañas, no se dirigían simplemente a un territorio desconocido. Entraban en el corazón de una sociedad que acababa de despertar de una larga noche.

La pobreza era especialmente dura en las zonas rurales. Muchas comunidades carecían de escuelas y maestros, de asistencia sanitaria y de servicios básicos. El acceso a la educación dependía demasiado a menudo del lugar donde una persona había nacido y de las posibilidades económicas de su familia. Para muchos campesinos, la escuela había sido una realidad lejana, casi imposible.

La guerra contra la dictadura había dejado además una profunda huella. Había familias que habían perdido a padres, madres, hijos y hermanos. Había comunidades que habían conocido la violencia y el miedo. La Revolución abría una esperanza inmensa, pero el país no podía recuperarse de décadas de abandono de un día para otro.

La Revolución tenía que reconstruir mientras transformaba.

En ese escenario, la educación ocupaba un lugar central. Porque una persona que aprendía a leer no solamente adquiría una habilidad. Ganaba autonomía. Podía comprender una carta enviada por un hijo, leer las noticias, escribir sus pensamientos, entender un documento o participar de otra manera en la vida de su comunidad.

Por eso la Cruzada no fue concebida únicamente como una operación contra las estadísticas del analfabetismo. Era también una batalla contra una de las formas más........

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