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¿No hay más alternativas?

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08.03.2026

¿Se puede hacer lo mismo en circunstancias distintas? La respuesta es obvia. Entonces, ¿por qué en momentos diferentes se continúa, en esencia, con la misma manera de hacer o diseñar los servicios y, en cierta medida, hasta el funcionamiento de la sociedad?

En medio de la crítica situación que hoy vive el país, quizá los enemigos de Cuba no tengan mejor aliado que todo ese andamiaje burocrático que genera inercias en los servicios a la población. 

Esas situaciones se asemejan a dos boxeadores en el ring, donde uno de los púgiles se encuentra atado, con los árbitros en contra y soportando golpes en todas las direcciones y colores.

Algo así pensábamos hace poco cuando se transitaba ante una tienda en divisas en el centro de la ciudad de Ciego de Ávila. El tumulto de personas era una señal de que se ofertaba algo vital: aceite comestible, ni más ni menos; y más vital aún con los precios de arpía con que se ofertan en el otro tipo de mercados.

La aglomeración, sin embargo, tenía otro motivo. El problema es que la venta no se podía realizar hasta tanto no se halara o se colgara (así dijeron) —desde las cajas a los servidores—, la venta del día anterior en la tarde y de la mañana, porque, a causa del apagón, no se pudo hacer en su momento.

 El problema es que la venta no se iniciaba, y si lo hizo fue por un tiempo breve, pues a los pocos minutos llegó el apagón y esta vez sí era completo: su duración se extendería hasta después del horario de cierre. Así que a recoger las cositas y adiós. ¿Y cómo resolvían el problema del aceite esas personas? 

Pero aquel no era el único drama. A 20 metros de allí, en la misma acera, por la calle Maceo en busca del bulevar, hay una pequeña oficina para las tarjetas Clásica. El problema aquí no era solo el apagón que venía. El problema estaba en que a las 12:00 p.m. se cerraba el servicio para almorzar; lo cual ocurrió, aún con fluido eléctrico y pese a ruegos y propuestas, pues una parte de la jornada laboral de la mañana no debían haberla trabajado por falta de energía. 

En las preguntas para comprender y las explicaciones del «halar-subir» por la parte del público, se planteaban unas interrogantes: ¿Y no se pueden buscar otras alternativas? ¿No se podría, por ejemplo, adaptar los servicios a los horarios de electricidad aun cuando la jornada laboral sea diferente a la de tiempos normales?

Aquí las miradas y los gestos eran los del pescado en nevera para luego dar una respuesta: No. No se puede. No hay forma. 

¿Seguro? Antes de la COVID-19 esa era la misma respuesta frente a los reclamos de atender a los usuarios en las cajas de otros departamentos que no tenían tantas afluencias de personas. No se podía, aseguraban, porque el sistema informático no lo permitía. 

Pero llegó la pandemia, a nivel nacional se adoptaron medidas para evitar aglomeraciones y, entonces, el sistema sí cambió.  

Cosas veredes, Mío Cid; porque esto evidencia un mal muy reiterado. Las estructuras nacionales tienen una tendencia a ralentizar los cambios; mientras que las transformaciones en no pocas ocasiones se acometen o se aceleran bajo la presión de situaciones externas, dígase conflictos económicos o políticos que impactan al país.

El resultado es una ineficiencia, que hacia el interior de la sociedad genera molestias. Pero hay algo más. ¿Cuánto deja de ingresar el país por ese pedregal administrativo? En medio de la agonía, ante la oficina de la tarjeta Clásica, una mujer dijo que iba a poner 20 dólares porque así le salía más barato el aceite. Un muchacho, en cambio, susurró entristecido: «Y yo que iba a poner mil dólares».

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