“¡Este hemisferio es nuestro!”
“Estados Unidos ya no es tan importante como antes. Ahora representa menos del 10% de las exportaciones globales. (…) Los enormes gastos de capital en inteligencia artificial han compensado la debilidad del resto de la economía. Pero, como todas las burbujas, ésta acabará estallando. Nadie sabe con exactitud cuándo, pero considerando que una parte tan grande de la economía depende de un solo sector, el colapso se dejará sentir inevitablemente de forma generalizada.”
Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía
“La ventaja tecnológica que hemos disfrutado históricamente se está erosionando. Estamos presenciando la erosión en el dominio del aire, en el mar, en el espacio, en el ciberespacio y en la industria de la defensa.”
General Mark A. Milley, Ex Jefe del Estado Mayor Conjunto
I
Hace un siglo, en 1925, un cabo del ejército alemán, originario de Austria y de ascendencia judía -grupo etno-religioso contra el que, paradójicamente, luego desataría una feroz furia asesina- escribió un libro que se volvería tristemente famoso: “Mi lucha” (Mein Kampf, en alemán). Este personaje, bastante desquiciado en términos psicológicos, impresentable en ciertas circunstancias, de todos modos fue funcional a la por entonces oligarquía alemana, que quería recuperar el terreno perdido en la Primera Guerra Mundial -habiendo llegado tarde al reparto del mundo que ya habían desarrollado otras potencias capitalistas- y recuperar el honor mancillado en su derrota. Por eso ese oscuro hombrecillo, famoso por su peculiar bigote, aunque desquiciado, llevó adelante un proyecto político con el que el capital teutón estuvo de acuerdo. En la obra de marras, Adolf Hitler planteaba la necesidad de conquistar el “espacio vital” (Lebensraum) de la nación germana, asiento de una supuesta “raza superior”, por lo que debía expandirse hacia Europa del Este (Polonia, Ucrania, Rusia) para desplazar, esclavizar o exterminar lisa y llanamente a las poblaciones locales, consideradas racialmente inferiores. Ese alocado experimento contó también, en un primer momento de la Segunda Guerra Mundial, con el beneplácito directo de poderosos capitales estadounidenses (Ford, General Motors, Chase National Bank), quienes apoyaron y financiaron el ataque alemán sobre la Unión Soviética, con el objetivo de destruir al primer Estado socialista.
Cien años después pareciera estar repitiéndose la historia: un extravagante personaje ensoberbecido de poder como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, luego del ataque contra la República Bolivariana de Venezuela donde secuestró al presidente Nicolás Maduro provocando alrededor de un centenar de muertos en el país caribeño (civiles y militares), difundió un mensaje en la red social X donde aparece la leyenda “Este hemisferio es nuestro”, refiriéndose al continente americano. ¿Nuevo Lebensraum? Un descendiente de judíos luchando contra el pueblo judío; un hijo y nieto de inmigrantes (madre escocesa, abuelo alemán) luchando y deportando inmigrantes. Un delirante “espacio vital” y otro delirante “hemisferio propio”. Por cierto, muchas coincidencias…
La actual principal potencia capitalista del mundo, Estados Unidos, continúa siendo aún el centro hegemónico del planeta, como lo fue durante todo el siglo XX. Eso está fuera de discusión; es el país dominante en todo el ámbito capitalista, lo cual quiere decir: en la prácticamente totalidad del mundo. Pero los tiempos están cambiando. Y cambian muy rápidamente, mucho más de lo que los mismos tomadores de decisiones en el gran imperio se imaginaban. Ese “momento Sputnik” generalizado que están viviendo ha prendido sus luces rojas de alarma.
Después de la caída de la Unión Soviética en 1991 -su otrora gran rival- y la desintegración del campo socialista en el este de Europa, y con las reformas aparentemente capitalistas en la patria de Mao que deshacían el socialismo, Washington pareció quedar en un mundo unipolar dirigiendo todo, donde ponía las reglas de juego a su antojo. Eso fue así por aproximadamente una década, pero duró poco. La República Popular China, con su peculiar modelo de “socialismo de mercado” luego de las reformas y modernización introducidas por Deng Xiaoping, comenzó un despegue económico sin precedentes, disputándole -y superando- la economía del imperio yanki, dejándolo atrás en el avance científico-técnico. Hoy la distancia que tomó el gigante asiático, reconocido ello por la misma derecha gobernante en Washington, parece imposible de remontar. La llamada “deslocalización” de la industria estadounidense, es decir: su reubicación en lugares del planeta donde encontraba mano de obra más barata -junto a beneficios fiscales, falta de control medioambiental y sin la presencia de “molestos” sindicatos- fue vaciando a la gran potencia de su capacidad productiva. Hoy sigue teniendo una economía próspera (al menos en apariencia), pero basada en muy buena medida en la especulación financiera, con un dólar mantenido en forma ficticia. Tiene algunos campos donde su producción industrial sigue siendo de vanguardia (el ámbito informático, con Silicon Valley a la cabeza, y el complejo militar-industrial para su maquinaria de guerra), pero incluso ahí comienza a verse rebasada en el nuevo mapa geopolítico. China ha tomado la delantera en sectores claves como comunicaciones, computación cuántica, robótica, energías renovables, investigación espacial, colosales obras de infraestructura. El imperio norteamericano se ha dormido en sus laureles, y el terreno perdido es demasiado, ya prácticamente irrecuperable.
Por su parte Rusia, saliendo del colapso que significó la desintegración del campo socialista, con un descenso en su producto bruto fenomenal de alrededor del 40% -caso único en la historia-, volvió a mostrarse como una gran superpotencia en lo militar, evidenciando un músculo bélico que le ha permitido salir airosa en todos los conflictos en que participó (Osetia del Sur, Chechenia, Crimea, Siria, ahora Ucrania), volviendo a recuperarse en su economía, estando hoy entre las diez principales del mundo, pese a todas las sanciones occidentales (según las mediciones hechas por los mismos organismos financieros internacionales del capitalismo, considerando su PBI en términos de paridad de poder adquisitivo, hoy es la cuarta economía mundial, tras China, Estados Unidos y la India). Todo ello, el auge chino y ruso y la aparición de un planteo anti-dólar como es la creación de los BRICS , hoy ya con una veintena de países que los conforman más otros tanto en lista de espera para ingresar al grupo, comenzó a configurar un tablero nuevo en el ámbito geopolítico. El mundo comenzó a pasar de unipolar a multipolar.
Por una suma de causas, como les pasa a todos los imperios a lo largo de la historia (Egipto, Babilonia, China, Grecia, Roma, los mayas, los mongoles, el imperio Otomano, España, Gran Bretaña, etc.), Estados Unidos también llegó a su punto máximo de desarrollo (años 50 y 60 del siglo pasado), y luego comenzó su declive. Luego de la Segunda Guerra Mundial el desarrollo estadounidense no tenía parangón, y su poder parecía imbatible: monopolio del arma nuclear, la mayor economía productora de un tercio del PBI mundial, avance portentoso de su ciencia y tecnología (el país con mayor cantidad de Premios Nobel en ciencias), influencia global con su cultura, consumo interno derrochador y voraz -como ejemplo: automóviles de ocho y doce cilindros haciendo un gasto descomunal (e innecesario) de energéticos, inviable a largo plazo-. Su moneda, el dólar, fue impuesta como divisa universal a la fuerza en estas últimas décadas, y todo su poderío se mantenía custodiado por alrededor de 800 bases militares a lo largo y ancho del plantea. Ahora todo eso está cuestionado por estos nuevos actores (Rusia, China y los BRICS ), quienes buscan una economía global desdolarizada. La ilegal incautación que el gobierno norteamericano ha hecho recientemente de petroleros venezolanos, si bien no se dijo oficialmente, pero sí puede inferirse de declaraciones informales de algunos actores políticos de Washington, indicaría que se realizaron porque ese crudo del país caribeño se iba a pagar no en dólares, sin con otros medios (bitcoin, quizá yuanes o rublos). Lo que sí está claro es que el otrora super poderoso “petrodólar” impuesto a la fuerza por la Casa Blanca, hoy comienza a perder peso. Hasta la medieval monarquía saudita, tradicional aliada de Estados Unidos, está considerando negociar su oro negro en divisas que no necesariamente son el dólar.
Hoy, 80% del petróleo en el mundo todavía se negocia en dólares. Pero eso está cambiando rápidamente, de ahí que Washington está alarmado. La reciente acción bélica que realizó contra Venezuela, como la misma ex vicepresidenta Kamala Harris, lo dijo: “No se trata de drogas ni de democracia. Se trata de petróleo”. En otros términos: es una jugada de la derecha más recalcitrante del imperio para no perder algo que aún le permite su hegemonía planetaria: el manejo del oro negro.
Citando a Alonso Romero (2026): la imposición de los petrodólares “le genera demanda artificial y permite que Estados Unidos se financie a tasas muy por debajo de lo que obtendría normalmente. De igual manera, le permite a Estados Unidos tener déficits en el gasto de manera rutinaria e imprimir dinero para después cambiarlo por bienes y servicios alrededor del mundo, sin sufrir las devastadoras consecuencias de la inflación. De acuerdo con el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, este estatus le genera ahorros en intereses de 250 mil millones de dólares anuales”.
El economista neokeynesiano y Premio Nobel Joseph Stiglitz, refiriéndose a su país, dijo que “En Estados Unidos, alrededor de 16% (https://bit.ly/4h8JPvB) de los niños crecen en la pobreza, el desempeño (https://bit.ly/3EbKTAt) global en las evaluaciones educativas internacionales es mediocre, la malnutrición (https://bit.ly/42vtD38) y la falta de vivienda se han generalizado y la expectativa de vida (https://bit.ly/3PQcFFe) es la más baja entre las principales economías avanzadas. El único remedio es más y mejor gasto. Sin embargo, Trump y su equipo de oligarcas están empeñados en recortar el presupuesto todo lo que puedan. Hacerlo dejaría a Estados Unidos aún más dependiente de la mano de obra extranjera. Pero los inmigrantes, incluso los altamente calificados, son un anatema (https://bit.ly/4hm7lVM) para los seguidores del MAGA [Make America Great Again] de Trump.”
Pero más aún: lo que empezó a provocar su caída como imperio fue su hiperconsumo desbocado, irracional, que generó deudas impagables. Vivir al crédito pasa factura, irremediablemente. Como dijo el economista griego Yanis Varoufakis: “Un país puede ser el imperio más grande del mundo. O un país puede ser el principal deudor del mundo. Pero no puede ser ambas cosas al mismo tiempo”. Eso es lo que está ocurriendo con el Tío Sam.
II
El Estado norteamericano tiene una deuda fiscal que representa alrededor del 125% de su producto bruto, y cada familia mantiene una deuda de alrededor de 100,000 dólares en promedio (hipotecas inmobiliarias, tarjetas de crédito, créditos educativos). La única manera de mantenerse fue -y sigue siendo- una economía ficticia, mantenida con una moneda impuesta........
