Huida de Berlín y el amor en Alicante
La Puerta de Brandeburgo, en una imagen de archivo / Carsten Koall/dpa - Archivo
Trabajé durante un par de meses en una tienda de ropa como dependiente. A esa afirmación mi jefa me diría, con parsimonia, que aquello no era una tienda de ropa y que mucho menos yo era un dependiente. Digamos que era una boutique dedicada a la atención personalizada de las clientas. Pongamos que hablo de moda italiana. Los italianos, como diría Diana Vreeland, ¿por qué hacen tan buena moda? Valentino, Gucci, Prada, Versace… La lista es infinita, pero en el juego del “yo más, yo más” con los franceses, siempre terminan empatando.
La cosa es que una de las muchas cosas que tenía que hacer en el día a día era la atención personalizada a las clientas. Aquello es un frente porque en la mañana te podía llegar la persona más agradable y otra que, en compensación, podía amargarte el día. Como en cualquier trabajo que tengas que recibir a gente.
Una tarde de aquellas, una mujer que debía rozar la cincuentena entró a buscar un vestido para sus vacaciones “sorpresa” en........
