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Enterrar el Botànic

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11.04.2026

Mónica Oltra, durante el congreso de Iniciativa, hace una semana. / Germán Caballero

Preguntado el domingo pasado en estas mismas páginas acerca de la vuelta a la primera línea política de Mónica Oltra, el exconseller de Hacienda Vicent Soler, además de mostrar su satisfacción porque su antigua compañera de gobierno se haya “sobrepuesto al lawfare que le montaron”, respondía: “Pilar Bernabé y Mónica Oltra podrían formar un tándem magnífico y revolucionario para la Alcaldía de València”. Supuesto que no puede haber dos alcaldesas al frente de un mismo ayuntamiento, Soler nos dejó con la duda de cuál de las dos cree él que debería conducir ese tándem, dando por bueno que se impusiera en las urnas.

Soler fue tan contundente (aunque no sé si utilizar el término “revolucionario” en estos tiempos de revoluciones ultraconservadoras es lo más apropiado) como poco explícito a la hora de argumentar su respuesta en la entrevista que le hicieron mis compañeros José Luis García Nieves y Alfons García. Quizá sea por eso por lo que discrepo del análisis que insinúa el veterano dirigente socialista. Por muchas razones. De forma y de fondo. Que en política, las más de las veces son lo mismo.

Empezando por lo del “lawfare”. No sé si este es el caso donde lo hay o no lo hay. He expresado muchas veces mi convicción de que Mónica Oltra no maniobró para ocultar los abusos cometidos por su exmarido sobre una menor tutelada por la Generalitat en el centro en el que él trabajaba y la chica estaba acogida. Pero también le he reprochado que no dimitiera como consellera (no como vicepresidenta) del área de la que dependían los servicios sociales de la Administración autonómica en el instante mismo en que tuvo conocimiento de los hechos, precisamente para que no pudiera caber ninguna duda al respecto. No haciéndolo hasta muchos meses después y tras una penosa agonía en el cargo tensionó innecesariamente a su departamento, a su organización y a sus socios y perjudicó gravemente las expectativas de gobierno.

Pero en todo caso, lo cierto es que Oltra tendrá que sentarse en el banquillo, junto a una pléyade de sus colaboradores en la conselleria. Y esa había sido hasta aquí una línea roja, impulsada por la izquierda (y por ella misma, con toda la vehemencia posible) y aceptada por la derecha. Si en mis artículos siempre defendí que Camps, que Rita Barberá, que José Joaquín Ripoll, que Sonia Castedo, o que recientemente Carlos Baño, debían apartarse de la representación pública en tanto los tribunales no dictaran sentencia sobre sus actuaciones, porque de otra manera estarían sentando en ese banquillo a las formaciones y las instituciones por ellos representadas, ¿por qué ahora debería sostener una cosa distinta? Cierto es que el caso de Oltra es especial, porque la Fiscalía y dos jueces instructores no han visto nada censurable donde la Audiencia Provincial de Valencia se empeña en que sí hay materia digna de ser enjuiciada. Pero también el TSJ determinó en primera instancia que no había delito en el caso de los trajes de Camps y el Supremo ordenó que fuera juzgado, lo que desencadenó , no sólo su dimisión, sino su apartamiento de la vida pública hasta que fue definitivamente exonerado. ¿Y ahora que no se trata de Camps, sino de Oltra, hay que aplaudir lo mismo que antes denostábamos so pena de ser excomulgados?

¿Y las primarias? El que suscribe, nunca ha sido partidario. Siempre he considerado que era un sistema que conducía inexorablemente a un caudillismo letal para la democracia, en general, y para la izquierda en particular. Pero lo que yo crea no es relevante. Lo sustancial es que eso es lo que Compromís y Mónica Oltra nos dijeron que era bueno. Ahora resulta, sin embargo, que Oltra se carga el congreso de su partido, Iniciativa, de cuyos debates e ideas para un nuevo proyecto nunca más se supo opacados por el anunció urbi et orbi de su más que esperado regreso. Que Baldoví aprovecha para insistir en que, puesto que Oltra vuelve, pero para la Alcaldía, no hay discusión sobre que él debe repetir como candidato a la Generalitat. Y que toda la izquierda, rectificándose a sí misma, aplaude a rabiar. Prodigioso.

Pero si dejamos la forma y vamos al fondo, la cosa puede ponerse peor. Uno escucha a Rufián, un candidato sin partido, o ve a Irene Montero, una dirigente tratando de que el suyo no se extinga; les oye a los dos pidiendo a gritos la vuelta de Oltra y no puede sino recordar las sucesivas perfomances que la izquierda a la izquierda del PSOE nos ha ido regalando en los últimos años mientras iba excavando su propio suelo. No es eso, que diría Ortega. La izquierda gana cuando ofrece futuro y pierde cuando sólo propone resistencia. Hay que parar el advenimiento del fascismo, dice Rufián. Y no puedo estar más en sintonía. Pero le recuerdo que el humus sobre el que el fascismo germina es el de los nacionalismos exacerbados, así que la contradicción del portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso es difícil de resolver y su nueva posición, tras aquel “155 monedas de plata” que le espetó a Puigdemont la noche en que el exiliado en Waterloo no se atrevió a proclamar la independencia de Cataluña, más complicada aún de argumentar con un mínimo de credibilidad.

Pero volvamos a la respuesta de Vicent Soler y a las razones de mi discrepancia. No creo que ir y venir continuamente al pasado sirva de nada en el presente, menos en uno tan convulso como el que padecemos. El Botànic, del que Soler y Oltra fueron parte sobresaliente; que dio a luz el primer gobierno de coalición en la historia de la Comunitat Valenciana gracias al entendimiento de tres fuerzas políticas distintas y en muchas ocasiones distantes, como fueron el PSPV-PSOE, Compromís y Unidas Podemos, tuvo luces y sombras. A mi juicio, más de lo primero que de lo segundo. Pero perdió las elecciones. Los socialistas, a pesar de ser la Comunitat Valenciana el único territorio donde en aquella debacle de 2023 lograron crecer, acabaron perdiendo la condición de partido más votado que habían recuperado en 2019. Compromís retrocedió en votos y escaños. Unidas Podemos, desapareció. La izquierda también perdió la Alcaldía de València, la Diputación de esa provincia o un feudo histórico como Elche, tercera ciudad en población de la autonomía.

El desastre, pues, fue total. Y eso no se corrige recurriendo a épicas que sólo están en la cabeza de quienes, precisamente, ya fueron relevados. De esa situación de derrota sólo se sale con un proyecto renovado tan atractivo como el que en su día pudo llevarles al poder. No cabe dudar de que el anuncio de Oltra de que se reincorpora, aunque eso suponga tener a la afición pendiente de si el gol entra en la urna o en el juzgado, ha supuesto un momentáneo revulsivo para la izquierda en general. Pero, a la postre, si esa izquierda quiere tener alguna posibilidad de volver a gobernar tendrá que empezar precisamente por aclarar el campo. Primero, enterrar en su imaginario lo que los electores ya sepultaron: el Botànic. No es cosa de las personas, sino de las dinámicas. Lo que ha sido incapaz de festejarse a sí mismo, difícilmente va a motivar a nadie para resucitarlo ahora. Segundo, definir los perfiles de cada uno: el PSOE no puede, por historia, ser un cojo buscando muletas y Compromís no debe, ni por vocación ni por interés, colocarse permanentemente en posición subsidiaria, que en el fondo es lo que hace. Ni mucho menos, jalear la ceremonia de la confusión. Tenemos un sistema de una sola vuelta, no de dos, lo que impide agrupar el voto en segundas oportunidades. Pero conjugar un batiburrillo de imposible digestión casi nunca soluciona nada, que se lo digan a Sumar.

La única posibilidad de que la izquierda vuelva a gobernar, ya sea en la Generalitat, las diputaciones o los mayores ayuntamientos, es que cada uno de sus componentes principales no pierda su identidad. Compromís debería recabar apoyo por sí misma, porque todo lo demás, lejos de aportarle, puede acabar restándole. Y los socialistas no pueden caer en la tentación a estas alturas de intentar arañar votos por su izquierda porque, suponiendo que la maniobra les salga, no les serviría de nada, es un juego de suma cero. La ventaja de Compromís es que su representación ya está ahí, no hay que inventarla. Y la del PSOE está en su capacidad de atraer voto moderado, arrebatándole al PP aquellos electores que puedan repudiar a Vox. Pero para eso, el discurso no puede ser que Mónica Oltra y Pilar Bernabé van a formar un “tándem revolucionario”. Porque, lejos de ilusionar, se arriesgan a fomentar el desconcierto, cuando no el temor, entre el pelotón de indecisos y que muchos de ellos, a la vista del lio, se refugien en el viejo principio anarquista, aquel que advertía: “Si votas, no te quejes”.

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