Al tiempo en abril no hay Dios que lo entienda
Dos jóvenes paseando por Arenales del Sol, en una imagen de hace solo unos días. / JOSE NAVARRO
«En la primavera, he contado 136 tipos de clima distintos en 24 horas»
Hay algo profundamente sospechoso y desconcertante en la primavera. Uno, que es ingenuo de por sí, tiende a pensar que las estaciones del año son fenómenos naturales más o menos organizados: el invierno es frío, el verano es caluroso, el otoño no existe, al menos por estos lares y la primavera, en teoría, debería ser esa transición amable, ese punto medio civilizado, vamos lo que pretendía ser la UCD o Ciudadanos en política, pero en este caso entre el invierno y el verano. Pero no, qué va, la primavera es, en realidad, un experimento sociológico gamberro a gran escala, vamos, como lo que era Ciudadanos, creado únicamente para comprobar hasta qué punto el ser humano puede perder la compostura, la dignidad y la fe frente a un armario.
Vestirse en primavera no es vestirse, qué va, es más bien tomar decisiones estratégicas bajo una incertidumbre radical, es como participar en el concurso Humor Amarillo, pero sin casco y es más peligroso que un cirujano con hipo. Cuando te levantas de la cama por la mañana cuando aún ni siquiera han puesto las calles ni eres consciente de quién eres ni de cómo te llamas, te sientas en la cocina y un escalofrió te recorre el espinazo y piensas: «¡Vaya, sí que hace frío hoy!». Y, en consecuencia, como persona previsora que uno pretende ser, decides vestirte apropiadamente a la sensación que tienes: te pones los pantalones de pana, un jersey gordo, bufanda y chaquetón y te dices a ti mismo, mirándote al espejo mientras te peinas: «Olé, hoy no paso frío, voy........
