Jürgen Habermas, más necesario que nunca
Fotografía de archivo fechada en 2012 del filósofo alemán Jürgen Habermas. / MARTIN GERTEN / EFE
Jürgen Habermas. Alemania. Abril 1929/marzo 2026
Fue Platón en La República quien desarrolló el término sofocracia como el gobierno de los sabios, concepto que luego sirvió para acuñar otras ideas similares como la epistocracia o la noocracia que en resumen vendrían a ser el gobierno de los más inteligentes. Paradójicamente Jurgen Habermas nos deja en un momento antagónico donde como decía Umberto Eco «sufrimos la invasión de los necios» y la correspondiente cacistocracia o gobierno de los idiotas que en muchos lugares suman la pantalla de la cleptocracia o gobierno de los ladrones (que cada cual le ponga nombres y apellidos). Habermas nos abandona -el pensamiento habermasiano no- cuando el diálogo en el espacio público que él defendió en toda su obra y durante toda su vida, está más tocado que nunca (pero no hundido y es recuperable).
El espacio público, el diálogo público y la discusión pública son los pilares sobre los que se construye una opinión pública fundamentada en un pensamiento crítico que debe cimentar las democracias liberales. Habermas se va -el pensamiento habermasiano no- cuando Estados Unidos ya no es una democracia liberal, sino una cacistocracia que transita a gran velocidad hacia una dictadura en plena decadencia de lo que fue un imperio y ya no lo es.
Habermas creció y consolidó su pensamiento a partir de la experiencia vital de sufrir el horror de los totalitarismos del siglo XX (particularmente el nazismo), dedicando su vida a construir una teoría de la acción comunicativa que nos alertaba sobre una instancia receptiva que se adelantó a lo que hoy conocemos y sufrimos como la sociedad líquida de la posverdad, la desinformación y la manipulación; y, paralelamente, defendía y teorizaba sobre una instancia crítica cuyo constructo era el diálogo y la razón para avanzar hacia sociedades más justas e igualitarias.
Jürgen Habermas, segunda generación de la Escuela de Frankfurt, mantuvo de Karl Marx la crítica al capitalismo descontrolado que provoca relaciones de poder y dominación que hoy en día rayan en la esclavitud, pero evolucionó hacia un neomarxismo que superaba el reduccionismo economicista del marxismo clásico, introduciendo ideas que siempre han pretendido empoderar a la ciudadanía en el marco de sistemas públicos fuertes y dinámicos.
Hace más de veinte años, cuando la administración estadounidense de Bush, apoyada por el Reino Unido de Blair, el Gobierno español de Aznar y la Comisión Europea de Barroso, se embarcaban en la Guerra de Irak, Habermas alertaba que el déficit democrático se estaba haciendo especialmente visible y drástico en la Unión Europea: «Por falta de una esfera pública europea, los ciudadanos no pueden controlar las decisiones políticas de la Comisión y el Consejo que son cada vez más herméticas y profundas».
Aquello fue premonitorio. De Irak a Irán, paradojas de la vida, Habermas nos deja -no el legado del pensamiento habermasiano, reitero- la misma semana que su compatriota Ursula von der Leyen, sionista reconocida, caía -aunque luego reculase- en la complacencia más perturbadora hacia el trumpismo, paradigma de la cacistocracia o gobierno de los idiotas. Quizás en ese momento, Habermas pensó que era el momento de descansar eternamente.
Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años de edad / Europa Press
Jürgen Habermas ha sido el pensador que nunca se rindió ante los malos augurios que nos retrotraían a viejos modelos alejados de la razón y la argumentación; con el añadido de la complejidad de lidiar con una perversa estrategia que con enorme éxito culminaba en una sociedad del desconocimiento diseñada y controlada por tecnoligarcas que supieron utilizar los algoritmos para dinamitar consensos, destrozar el espacio público y coronar como «reyes» guardianes de la cacistocracia a idiotas como Trump (y sus satélites de aquí y allá).
Algunos llegamos a Habermas y el estudio de la Opinión Pública de la mano de viejos maestros universitarios que transformaron las aulas complutenses en ágoras y espacios públicos de discusión; e incluso nos adentramos en la pertinencia del proyecto europeo a partir del debate público que el pensador alemán y otros muchos generaban entorno a ese espacio de prosperidad y democracia único en el mundo: la Europa de los ciudadanos, frente a la Europa de los mercaderes, la Europa de los derechos y libertades, con sus contradicciones y miserias, sus consensos y disensos.
Su legado, su teoría de la acción comunicativa está más vigente que nunca, porque la secuencia de guerras que estamos viviendo representan un caos antagónico al modelo de sociedad que teorizó. Europa tiene el deber moral de luchar contra ese caos y no claudicar ante tales amenazas.
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