La belleza de la decrepitud
La belleza de la decrepitud
Nos han enseñado a mirar la decrepitud con la misma cortesía temerosa con que se mira una mala noticia. La escondemos bajo cremas, reformas, prótesis, filtros fotográficos y eufemismos. A una pared desconchada la llamamos ruina; a una mano temblorosa, decadencia; a un rostro arrugado, ocaso. Hemos decidido que lo bello debe parecer recién estrenado, como si la vida no consistiera precisamente en dejar de estarlo. Y, sin embargo, casi todo lo que de verdad conmueve lleva alguna grieta.
Un árbol joven puede ser hermoso, pero uno viejo tiene historia. El tronco vencido por los años impone respeto por su resistencia. Una fachada impecable agrada, pero una casa abandonada, invadida por las hierbas y con papeles antiguos esparcidos por el suelo, despierta la sospecha de que allí sucedió la vida. No solo la vida elegante de los salones, sino también la de las enfermedades, las despedidas y los inviernos.
Quizá por eso, desde muy joven, he sentido fascinación por los paisajes donde la decrepitud arquitectónica se exhibe sin pudor. No hablo solo de monumentos, ennoblecidos ya por la cultura, sino de edificios abandonados, minas calladas o casas donde la naturaleza ha vuelto a entrar como legítima heredera. Recuerdo el viejo sanatorio antituberculoso de la Sierra del Rentonar, cerca........
