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Hay partida

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09.04.2026

Queda poco más de un año para las próximas elecciones y, a veces, da la impresión de que a la izquierda alternativa se le hace bola el tiempo que viene. Y no solo a nosotras: también a una ciudadanía cansada de una actualidad escrita para desanimar. Hace apenas unos días, en el Congreso de Iniciativa-Compromís, decía con honestidad algo que muchas personas reconocen en voz baja: incluso a la militancia le cuesta sostener el pulso del activismo político. Cuesta encender la televisión, abrir el periódico, ir a una reunión o acudir a una manifestación. Cuesta no dejarse arrastrar por la sensación de que nada cambia.

Pero no podemos permitirnos vivir instaladas en esa negatividad. Ya basta. Ha llegado el momento de sacudirnos el pesimismo. En un tiempo en el que el debate público se contamina de crueldad, ruido y consignas autoritarias, la izquierda no puede hablar de derechos, dignidad y futuro si antes no vuelve a creer en su propia fuerza transformadora. Porque la derecha y la ultraderecha, allí donde gobiernan, están recuperando el peor espíritu de la política: recortes disfrazados de sentido común, privilegios presentados como mérito y desigualdad convertida en normalidad.

Este clima de desguace de nuestra sociedad es el que ya imperaba antes de 2015, cuando la izquierda alternativa entre la que se encuentra Compromís llegó a los gobiernos del cambio y, posteriormente, al primer Gobierno de coalición del Estado. Por eso conviene hacerse preguntas muy concretas. ¿Quién va a frenar la hemorragia de la sanidad pública que provocan las políticas privatizadoras del PP? ¿Quién defenderá una educación pública de calidad frente al maltrato al profesorado? ¿Quién plantará cara a la corrupción y al nepotismo? ¿Quién pondrá en el centro la emergencia climática, la vivienda y la vida cotidiana de la mayoría social? ¿Quién va a cuidar del 99 % si mandan los amigos de Trump y Elon Musk?

Mónica Oltra lo resumió hace unos días con una frase que sigue interpelándonos: cada día de silencio es un día que ganan los malos. Y tenía razón. La oscuridad no se combate con más oscuridad, sino con luz. Y ese es nuestro deber político y moral: poner luz donde otros siembran miedo, cinismo y resignación. Una gran parte de la sociedad necesita volver a escuchar una voz clara, valiente y serena que le diga que no está sola y que todavía es posible gobernar para mejorar la vida de la gente. El mayor error a este lado de la izquierda sería llegar a la próxima cita electoral desesperanzados, como si nada hubiera cambiado en estos años. Porque lo cierto es que cambiaron muchas.

Dos conceptos necesitamos defender para 2027: memoria y horizonte. Memoria para reivindicar con orgullo que ni Compromís, ni Podemos, ni Sumar, ni Izquierda Unida, ni tantas otras fuerzas transformadoras hemos sido una comparsa testimonial en los gobiernos del Estado y Autonómicos. Hemos sido el motor de medidas que subieron salarios, redujeron gastos a las familias y protegieron a quienes más lo necesitaban en tiempos de pandemia, inflación e incertidumbre. Hemos ampliado derechos, establecido marcos legales para una crianza compartida en las familias, y demostrado que la política sí puede mejorar la vida real.

Somos quienes impulsamos la renta valenciana de inclusión, el impuesto mínimo vital, Xarxa Llibres y la educación gratuita de dos años. Somos quienes apostamos por construir colegios y reforzar servicios públicos, quienes mejoramos las condiciones de quienes cuidan, curan y sostienen la vida. Somos quienes abrimos ventanas en la administración más opaca y corrupta de la historia reciente valenciana, los que demostramos que es mentira que la izquierda no sabe gestionar la economía.

Memoria, sí. Y horizonte, porque queda muchísimo por hacer. No basta con defender lo conquistado: hay que prepararse para los desafíos que ya están aquí y convertir el balance de nuestros esfuerzos en energía social contra aquellos que quieren imponer una realidad laboral incierta y cruel, un mundo moldeado por ultrarricos, en el que la acumulación desmedida de la riqueza nos expulsa de nuestras ciudades y convierte nuestros derechos en sus negocios. Alguien tiene que pararlos.

Frente al odio, seguridad de una administración que no deja a nadie atrás. Frente al miedo, fraternidad. Frente al derrotismo, ilusión útil. Necesitamos recuperar la alegría, tener más agallas; no conformarnos con resistir, sino aspirar de nuevo a ser mayoría para seguir transformando y protegiendo a nuestra sociedad. Ya lo hicimos en 2015. Podemos volver a hacerlo porque hay partida. ¡Claro que la hay! Hay partida porque hay memoria, hay razones, hay trabajo hecho y hay un futuro que merece ser disputado. Sobre todo, hay esperanza. Y la esperanza, cuando se organiza, también gana.

Y ahora, más que nunca.

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