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Al cielo lo que es del cielo

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31.03.2026

31 de marzo 2026 - 03:08

El capataz esperó pacientemente a que los costaleros se situaran en las trabajaderas. Tocaba cambio de cuadrilla, la alta por la baja, juraría, aunque no estoy segura. Cuando estuvieron preparados, el capataz levantó la mirada y la dirigió a las hermanas agustinas, que como cada año salían a la puerta de su convento para ver pasar a las hermandades. En un gesto rápido, el hombre besó las puntas de sus dedos y lanzó la mano hacia arriba. A un observador despistado podría parecerle que se lo mandaba a las religiosas, pero no era para ellas, aunque quizás a través de ellas sí, porque ese beso iba al cielo.

«Al cielo lo que es del cielo», dijo antes de hacer sonar el llamador. Esa levantá iba dedicada a las hermanas y a su oración, como forma de agradecimiento por la recuperación de un familiar. El momento fue muy emotivo por sí mismo, pero las palabras se me quedaron grabadas. No es la primera vez que escucho a un capataz decir algo parecido en sustitución del típico «al cielo con ella», claro, pero me quedé pensando en todo lo que encerraba una frase tan sencilla.

Ha sido tema de conversación alguna vez en el trabajo con compañeros que no creen. El consuelo del creyente radica en que sabemos que el que se va encuentra la paz, aunque nosotros aquí en la tierra siempre le echemos de menos. Para el que no cree, solo queda el dolor de la ausencia. En ambos casos, lo único cierto es que somos levedad. Nos conocemos sabiendo que tendremos que despedirnos y deseando que este momento tarde en llegar el máximo tiempo posible, porque la única certeza es que siempre llega.

En estos días de celebración de la primavera, de celebración de la vuelta a la vida, es duro pensar en quienes ya no volverán a oler el azahar a nuestro lado, pero hay algo profundamente filosófico y poético detrás de ese «al cielo lo que es del cielo», de ese recordar que nada nos pertenece y que sólo somos aves de paso.

Quizás la Semana Santa tenga esa función también, la de hacernos conscientes de la transitoriedad de la vida, y quizás sea bueno que así sea en un mundo que cada vez huye más del dolor y pinta a sus nuevas generaciones, con la falsa ilusión de protegerlos, un mundo en dos dimensiones donde las cosas malas pasan sólo en la tele. Es bueno porque para celebrar la vuelta a la vida primero hay que recibir a la muerte, no puede existir la primavera sin el invierno. Salgamos pues y celebremos antes de que el cielo reclame lo que es suyo y que nunca ha sido nuestro.

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