Cuba
25 de marzo 2026 - 03:08
Repaso un diario que escribí en Cuba hace siglos, en 1983, cuando había poquísimos turistas y se vivía con cierto desahogo, gracias a la incesante ayuda económica de la URSS, aunque los cubanos hacían colas interminables con sus “libretas de abastecimiento” y no podían acceder a las “diplotiendas” donde había que pagar en dólares. Pero la vida en Cuba parecía medianamente agradable, y eso que dos años antes los “marielitos” hartos del régimen comunista habían salido en tromba hacia Estados Unidos: no había jineteras –o yo no las vi– y la gente no se quejaba, aunque siempre se oían bromas acerca de los “camaradas sociolistos” que vivían mucho mejor gracias a su militancia en el Partido Comunista. Y además, había helados de verdad en la heladería Copelia y la electricidad funcionaba durante todo el día. La gente –ya lo he dicho– no parecía demasiado irritada con la Revolución. “Ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos”. Ese era el lema.
En aquella época todavía se veían los aparatosos coches americanos de los tiempos anteriores a la Revolución –los “haigas”– y apunté algunos que vi: un Pontiac Bonneville, un Dodge Coronet, un De Soto Adventurer… Esos cochazos tenían que circular con el tubo de escape medio desprendido y la palanca del cambio de marchas sujeta con esparadrapo, pero los conductores los lucían con orgullo y tuve la suerte de que uno –descendiente de asturianos– me invitara a dar una vuelta por La Habana (y sin pedir nada a cambio). No estuvo nada mal.
Por supuesto, de todo aquello ya no queda nada. El cruel Milton Friedman dijo que si ponías a un comunista a gestionar el desierto del Sáhara, al cabo de cinco años habría escasez de arena, y en Cuba parece que se ha confirmado el pronóstico. Ahora ya no quedan reservas de caña de azúcar (cuando Cuba era uno de los mayores productores del mundo) y prácticamente ha desaparecido la economía productiva, incluida la turística, que era la única fuente de divisas. Nuestras almas bellas defienden al régimen comunista con la vieja retórica flatulenta –“dignidad, revolución, antiimperialismo”–, pero los cubanos saben que todo es pura mentira. Si nuestras almas bellas quieren hacer algo por los cubanos, que les lleven comida. Sí, eso tan simple, comida y no bellas palabras inútiles.
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