‘Mixticismo’ de penitencia
30 de marzo 2026 - 03:08
Hace 66 años salí como penitente de capirote en una procesión de la Semana Santa jiennense. Los cambios experimentados por la festividad en este tiempo han sido muy importantes. Lo más significativo, en mi opinión, es que el verbo “sufrir” por el Crucificado, ese Varón de dolores, ha sido borrado y sustituido por “disfrutar” carnavalescamente con el martirio de Jesús. No soy ni teólogo ni moralista, pero sigo interesado en lo que me rodea como forma de supervivencia. Me gusta mirar atentamente lo que pasa en la calle, aun a riesgo de que se me tache de soberbio. Y vengo observando que, en Andalucía, en estos días de pasión ‘disfruta’ desde el arzobispo al último monaguillo. Y que otros se aprovechan de estos ritos electoralmente y que los vamos a ver, desde el militante de base más humilde al líder más empoderado, procesionar, presidir cortejos y pregonar el ‘evento’, en modo comerciales turísticos, para pescar votos en el caladero de la ‘piedad’ o de la ‘religiosidad’ andaluzas. No son solo ellos los que quieren inmatricularse este ‘bien común’. También lo consideran de su propiedad: la Iglesia –que asiste, impotente, a la transformación de su liturgia en parque temático–, las hermandades, el comercio, los bares y hoteleros, las centurias de armaos romanos, las chicas con mantilla y hasta los jóvenes con dalmática. El antropólogo y nacionalista andaluz Isidoro Moreno, al par que advertía el pasado día 27 en este diario de los intentos de apropiación indebida de la Semana Santa por los ávidos pretendientes citados más arriba, paradójicamente, reclamaba la propiedad de la celebración para una supuesta “identidad andaluza”. Tampoco a Antonio Machado le hubiera gustado que se privara a su legítimo propietario –a ese “pueblo andaluz, / que todas las primaveras / anda pidiendo escaleras / para subir a la cruz”– de un bien tan preciado. No es que Andalucía haya dejado de ser cristiana, pero sí que ha logrado ‘maridar’ o ‘mixtificar’ lo divino con lo profano. Y exhibe –fagocitando las leyendas, ritos y mitos cristianos, sin complejos e, incluso, con arrogancia– un gozo dionisíaco y consumista, como si no hubiera ni un mañana ni un cielo que merecer. El sufrimiento, la compasión y la culpa por el Varón de dolores, que se inmoló para salvarnos, han sido borrados y sustituidos por una populosa y alborotadora orgía.
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